El marinero chino Poon Lim ha pasado a la memoria colectiva como uno de los supervivientes más extraordinarios del océano. Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1942, el buque mercante británico SS Ben Lomond, en el que trabajaba como comisario de a bordo, fue alcanzado por torpedos de un submarino alemán mientras navegaba a unas 750 millas náuticas de la desembocadura del río Amazonas. En menos de dos minutos, la embarcación se hundió y casi toda la tripulación pereció sumergida en el Atlántico.
Poon Lim logró ponerse un chaleco salvavidas y aferrarse a una balsa de emergencia de madera y lona provista de cantidades muy limitadas de víveres, agua y utensilios básicos. Aquella balsa, diseñada para casos de abandono de buques, incluía raciones de galletas duras, un bidón con agua potable y algunos implementos como cuchillo, redes improvisadas y lentejas secas. Sin embargo, dichas provisiones estaban calculadas para unas horas o, a lo sumo, unos pocos días.
Pronto, el marinero se encontró completamente solo en medio del Atlántico, rodeado de un horizonte infinito de agua y viento. Para paliar la sed, aprendió a recoger el agua de lluvia que caía sobre la lona de la balsa. Con trozos de lona y recipientes improvisados fabricados a partir de bidones vacíos, almacenaba el preciado líquido y limitaba su consumo a sorbos muy medidos. Para alimentarse, diseñó anzuelos caseros usando trozos de metal desprendidos de la propia embarcación, pescaba pequeños peces y dejaba sus cuerpos tendidos al sol para que se deshidrataran y se conservaran por más tiempo.
Cuando esas reservas escasearon, Poon Lim recurrió a la caza de aves marinas. Se lanzó al agua con arco y flechas improvisadas para capturar gaviotas y otras especies que sobrevolaban la zona. En situaciones extremas de deshidratación, llegó a beber el líquido sanguíneo de las aves recién abatidas. Asimismo, hubo momentos en los que los tiburones merodeaban la balsa, convirtiendo cada maniobra de pesca en una batalla por su propia supervivencia. En al menos una ocasión documentada, consiguió abatir a uno de esos depredadores para usar su carne como alimento.
Más allá de la alimentación, el mayor reto fue mantener la fortaleza mental y física. Aislado y exhausto, Poon Lim nadaba alrededor de la balsa para ejercitar los músculos, controlaba los cambios de temperatura y se esforzaba por no sucumbir a la desesperación. En pleno océano, donde las corrientes marinas pueden arrastrar una pequeña embarcación durante cientos de millas al mes, cada día implicaba un combate constante contra el cansancio, la soledad y el miedo.
El 5 de abril de 1943, tras 133 días a la deriva, el marinero fue avistado y rescatado por pescadores brasileños cerca de la costa del estado de Pará. Débil y apenas capaz de comunicarse en portugués, se limitó a mostrar su hambre y sed extremos. Ingresó en un hospital de Belém, donde recibió tratamiento para la deshidratación, las infecciones de piel y los trastornos digestivos generados por la alimentación precaria. Pasadas varias semanas, las autoridades navales británicas coordinaron su traslado a Inglaterra.
A su regreso, Poon Lim recibió homenaje del rey Jorge VI, quien reconoció su hazaña como una de las mayores proezas de resistencia en alta mar. Su historia se difundió en la prensa internacional y pasó a formar parte de los manuales de supervivencia marítima. Años después, el marinero se estableció en Estados Unidos, donde vivió hasta 1991, fecha de su fallecimiento a los 73 años.
Hoy, el caso de Poon Lim es citado en cursos de supervivencia y estudios sobre psicología de la adversidad en el medio marino. Su experiencia revela la importancia de la improvisación, el aprovechamiento de los recursos naturales y la fortaleza mental para superar condiciones extremas. También ilustra las limitaciones de las balsas de rescate de la época, que inspiraron mejoras en los dispositivos y protocolos de seguridad naval en las décadas siguientes.


