Jewel Shuping, estadounidense que nació sin problemas de visión, relata que desde la infancia deseaba quedarse ciega y, a los 21 años, perdió casi por completo la vista tras aplicarse un líquido destaponador de fregadero en sus propios ojos. Según su testimonio, la decisión se tomó con la ayuda de un psicólogo cuyo nombre no fue revelado.
Shuping afirma que su deseo de no ver se manifestó muy pronto: cuando tenía tres o cuatro años, su madre la sorprendía con frecuencia caminando por los pasillos de la casa durante la noche. A los seis años, ya asociaba la ceguera a una sensación de consuelo. “Recuerdo pensar que ser ciega me haría sentir cómoda”, contó en una entrevista.
Durante la adolescencia, la joven empezó a prepararse para una vida sin visión. Adquirió un bastón blanco y, a los 20 años, aprendió a leer Braille con total fluidez. El sistema Braille, ideado por Louis Braille en el siglo XIX, emplea combinaciones de puntos en relieve que permiten a las personas con discapacidad visual descifrar letras, números y signos de puntuación solo mediante el tacto. Para Shuping, dominar este alfabeto táctil era parte de su camino hacia la “identidad” de persona ciega que anhelaba.
Un año después, decidió llevar a cabo lo que describía como su propósito de vida. Con la colaboración del psicólogo, se aplicó el producto corrosivo en los ojos y esperó cerca de treinta minutos antes de buscar asistencia médica. A partir de entonces, su visión se fue reduciendo hasta quedar casi completamente perdida. “De verdad creo que así debería haber nacido”, declaró a la revista People.
Shuping atribuye su impulso a un trastorno poco habitual conocido como trastorno de identidad de integridad corporal (BIID, por sus siglas en inglés). Se trata de una condición en la que la persona rechaza una parte de su cuerpo o desea convertirse en discapacitada. Aunque no está oficialmente reconocido en el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría), el BIID ha sido objeto de estudios en psiquiatría y neurociencia. Investigaciones recientes asocian esta alteración a diferencias en regiones del cerebro como la ínsula derecha o el lóbulo parietal posterior, áreas implicadas en la percepción corporal y la conciencia de uno mismo.
Después de perder la visión, Shuping declaró haber sentido una profunda felicidad: “Me sentí tan plena, sentí que así debería haber nacido”. En un primer momento, mintió a su familia afirmando que había sufrido un accidente. La verdad salió a la luz más tarde, y, según contó, su madre y su hermana rompieron el contacto con ella. A pesar del rechazo, la estadounidense asegura no arrepentirse de la decisión tomada.
No obstante, Shuping advierte enfáticamente a otras personas que no intenten emular su método y subraya la importancia de buscar ayuda profesional. “No sigan mi ejemplo. Sé que existe esta necesidad, pero tal vez algún día haya tratamiento para este trastorno”, aconsejó. También alertó sobre los riesgos: “Hay quienes se lanzan frente a trenes para perder las piernas o se precipitan desde acantilados para quedar paralíticos. Es muy peligroso. Necesitan ayuda profesional”.
En la actualidad, Shuping dedica sus esfuerzos a concienciar sobre el trastorno de identidad de integridad corporal y a apoyar a personas con discapacidad visual para que vivan de manera independiente. Ante las críticas por la forma en que perdió la vista, afirma comprender la indignación de muchos, pero insiste en que “la forma en que me convertí en persona con discapacidad no importa”; lo esencial, subraya, es reconocer la necesidad de asistencia psicológica y médica adecuada.


