Durante 42 años, María Angélica González creyó que su hijo había muerto poco después de nacer. La verdad salió a la luz décadas más tarde, cuando Jimmy Lippert Thyden, criado en Estados Unidos tras ser adoptado, descubrió que era el bebé que le habían arrebatado de los brazos en un hospital de Santiago, Chile. El tan esperado reencuentro tuvo lugar en la casa de María Angélica, en Valdivia, gracias a una investigación forense basada en pruebas de ADN que logró localizar a su familia biológica.
Jimmy Lippert Thyden nació prematuro en un hospital de la capital chilena y fue colocado en una incubadora para garantizar su supervivencia. Según los documentos oficiales, las autoridades del centro hospitalario informaron a la madre de que el bebé había fallecido y que su cuerpo había sido inmediatamente trasladado para los procedimientos correspondientes. En aquellos años, los controles sobre adopciones y traslados de recién nacidos eran muy limitados y la falta de transparencia en algunos centros médicos facilitaba prácticas irregulares.
El hombre creció en Estados Unidos sin sospechar sus orígenes reales. Los papeles de adopción señalaban que no contaba con familiares vivos, lo que dificultó cualquier intento de búsqueda. Su vida transcurrió ajena al dolor de una madre que pasaba las noches en vela, desconociendo el destino de su hijo. En abril de este año, Thyden tuvo noticia de otros chilenos adoptados en condiciones dudosas que, con el apoyo de la organización Nos Buscamos, habían conseguido reunirse con sus parientes de origen.
Nos Buscamos es una entidad sin ánimo de lucro dedicada a la investigación de posibles adopciones falsificadas y al restablecimiento de vínculos familiares mediante herramientas genéticas. La organización trabaja con bases de datos públicas y privadas, como MyHeritage, que permiten comparar perfiles genéticos y hallar coincidencias con familiares directos o colaterales. En el caso de Thyden, un primo compartía información en esa plataforma, lo que permitió el primer hilo de conexión.
Una vez identificado el posible parentesco, los investigadores realizaron un test de ADN que confirmó el vínculo biológico entre Thyden y una mujer llamada María Angélica González. A partir de ese momento, el propio Thyden trasladó al primo los documentos de adopción en su posesión, donde aparecían el nombre y la dirección de su madre de nacimiento. El primo, al cotejar ambas informaciones, confirmó que efectivamente se trataba de la misma persona.
El contacto inicial se produjo a través de un mensaje acompañado de una fotografía de la esposa de Jimmy y de sus dos hijas. Con el paso de los días, él compartió más imágenes de diferentes momentos de su vida en Estados Unidos, buscando reconstruir para su madre los 42 años de recuerdos que le habían sido arrebatados. “Quería mostrarle los años que nos quitaron. Nos robaron a los dos”, explicó Thyden.
La emotiva visita al hogar de María Angélica incluyó a toda la familia: Johannah, la pareja de Jimmy, y sus hijas Ebba Joy, de ocho años, y Betty Grace, de cinco. El primer abrazo entre madre e hijo tras cuatro décadas resultó tan intenso que ambos describen la experiencia como indescriptible. “Te amo mucho”, fueron las primeras palabras que él pronunció al estrecharla entre sus brazos.
En los años setenta y ochenta, Chile vivió bajo un sistema de adopciones con escasa regulación, lo que permitió la sustracción ilegal de recién nacidos. Se estima que decenas de miles de bebés fueron separados de sus familias biológicas durante esa época, ya fuera por tráfico humano, adopciones fraudulentas o presiones de diversa índole. Organizaciones como Nos Buscamos afrontan el reto de documentar esos casos y restituir la verdad histórica para las personas afectadas.
Para María Angélica, el desenlace de esta historia supone cerrar una herida abierta durante décadas. Aunque prefirió no ofrecer declaraciones públicas, en privado compartió con su hijo el sufrimiento de años de incertidumbre: “Hijo, no tienes idea de cuántas noches oré para saber qué había sido de ti”. Este reencuentro pone de relieve la importancia de las pruebas de ADN y del trabajo de colectivos comprometidos con la justicia y la reparación de daños en casos de adopciones irregulares.


