Una mujer de 53 años, identificada como Joke, inició un largo tratamiento para eliminar alrededor de 250 tatuajes que, según ella, fueron realizados en contra de su voluntad durante una relación abusiva en los Países Bajos. El caso ha tenido repercusión en el país y ha reavivado el debate sobre la violencia psicológica y el consentimiento.
Según el relato de la víctima, entre 2020 y 2021 el excompañero utilizó una máquina de tatuar para inscribir su nombre, sus iniciales y frases de carácter posesivo, como “propiedad de”, en aproximadamente el 90 % de su cuerpo, incluido el rostro. Joke afirma que, a lo largo de la relación, fue apartada de su familia, tuvo controlada su vida financiera y sufrió numerosos episodios de abuso. Relata además que pasó años evitando el contacto social por sentir vergüenza de su propia apariencia.
El tratamiento de eliminación comenzó por el rostro y, hasta el momento, ha completado siete sesiones gratuitas de láser ofrecidas por la fundación neerlandesa Stichting Spijt van Tattoo, que asiste a personas arrepentidas de haberse tatuado. Según la institución, este es uno de los casos más complejos que han atendido. Al estar gran parte del cuerpo de la víctima cubierto de tinta, fue preciso definir una estrategia progresiva para iniciar el proceso de remoción, que probablemente dure varios años.
El excompañero niega las acusaciones y sostiene que todos los tatuajes se realizaron con el consentimiento de Joke. Este contraste de versiones ha complicado el avance de las investigaciones, ya que no se han encontrado pruebas suficientes que acrediten la falta de consentimiento. Andy Han, fundador de la fundación encargada del tratamiento, refutó esa versión: “Cualquier persona sensata sabe que nadie se tatuaría voluntariamente cerca de los ojos, en la nariz o en la oreja”. Aun así, reconoció que la alegación de consentimiento ha dificultado la responsabilidad penal del presunto agresor.
Hoy, además de intentar borrar los tatuajes, Joke busca reconstruir su vida después de una relación que, según ella, dejó secuelas mucho más profundas que las marcas en la piel. Está recibiendo apoyo psicológico y asesoría legal para enfrentarse a las consecuencias emocionales y sociales del trauma sufrido.
El borrado de tatuajes con láser es una técnica basada en pulsos de energía que fragmentan las partículas de tinta bajo la piel, las cuales son eliminadas de forma natural por el sistema inmunitario. El número de sesiones y la duración del tratamiento dependen de factores como el color, la profundidad de la tinta y la sensibilidad de la piel. Aunque esta tecnología ha avanzado en las últimas dos décadas, la eliminación total de tatuajes muy extensos o en zonas delicadas puede requerir múltiples intervenciones y no garantiza siempre la restitución exacta del tono original de la piel.
El fenómeno del arrepentimiento de tatuajes ha crecido en paralelo al aumento de la popularidad de esta práctica como forma de expresión artística y personal. Asociaciones como Stichting Spijt van Tattoo surgieron para orientar y apoyar a quienes enfrentan las consecuencias impresas de decisiones tomadas en situaciones emocionales vulnerables o bajo presión externa. La intervención de estas organizaciones suele incluir asesoramiento sobre cuidados dermatológicos, evaluación de riesgos y acompañamiento emocional durante el proceso de remoción.
En el ámbito legal, la definición de consentimiento en casos de violencia doméstica y abuso psicológico es clave para determinar responsabilidades. Las leyes neerlandesas consideran agresión no sólo las lesiones físicas, sino también aquellas conductas que coaccionan, aíslan o degradan a la víctima, impidiendo su libertad de decisión. Este caso ha puesto de relieve la necesidad de reforzar los mecanismos de detección temprana de relaciones abusivas, así como de ofrecer recursos accesibles para la recuperación integral de las supervivientes.


