Los terremotos se producen principalmente cuando las placas tectónicas se mueven y rozan entre sí. En la actualidad, los especialistas disponen de técnicas y dispositivos para medir los sismos e investigar las causas de episodios pasados. Sin embargo, durante buena parte de la historia no existieron instrumentos capaces de registrar directamente los movimientos del suelo, por lo que conocer los terremotos antiguos requiere recurrir a otras fuentes.
Hoy se utilizan sismómetros, aparatos que miden y registran los movimientos, las vibraciones y los temblores del terreno. El ejemplar más antiguo conocido data de alrededor del año 132 d. C. y fue creado en China. Aquel dispositivo, denominado sismoscopio, era más rudimentario que los actuales, pero podía detectar que se había producido un terremoto.
Para investigar sismos anteriores a la invención del sismoscopio y de los sismómetros, los científicos combinan diferentes métodos. Una de las áreas que permite hacerlo es la sismología histórica, una rama de la sismología —incluida en la geofísica— dedicada a estudiar los terremotos a partir de documentos y testimonios. Cartas, periódicos, documentos oficiales y otros registros ayudan a reconstruir la historia sísmica de distintas partes del mundo.
Susanne Maciel, profesora de geociencias y geodinámica de la Universidad de Brasilia (UnB), explica que esos documentos permiten reconstruir cómo se sintió un terremoto y cuáles fueron sus efectos en cada lugar. Para ello, se examinan las consecuencias descritas en las fuentes, tanto sobre las personas como sobre las construcciones, y se tienen en cuenta los relatos elaborados en la época. La información puede variar de un sitio a otro: un mismo episodio puede haber dejado efectos diferentes según la distancia y las condiciones de cada zona afectada.
Un ejemplo citado por Maciel es el terremoto de Lisboa de 1755. El seísmo causó numerosos daños en la capital portuguesa y su impacto fue tan importante que la ciudad cuenta con el Quake – Museu do Terramoto de Lisboa. En el momento del terremoto no había sismómetros para registrar el temblor. Aun así, el análisis de testimonios orales y documentos escritos permite estimar aproximadamente dónde ocurrió, qué extensión alcanzó el área afectada y cuál pudo ser su magnitud.
Los documentos históricos no son la única fuente para identificar terremotos antiguos. El terreno también puede conservar señales de un sismo. Entre las evidencias que se investigan figuran las rupturas de fallas geológicas y ciertos depósitos de sedimentos. Estos indicios permiten estudiar si se produjo un movimiento brusco, incluso cuando no existen registros instrumentales de la época.
El geólogo Gustavo Bianchi señala dos tipos de rocas que pueden aportar información: los pseudotaquilitos, rocas finas y oscuras que se forman durante un terremoto, y los sismitos, un tipo específico de roca sedimentaria relacionado también con un temblor. Encontrar estas estructuras puede ayudar a confirmar que se produjo un movimiento rápido y repentino en una región.
La datación permite estimar cuándo se formaron esos materiales. Cuando la investigación abarca periodos de millones de años, se pueden emplear métodos radiométricos. En el caso de los pseudotaquilitos, Bianchi menciona la datación argón-argón y la de rubidio-estroncio. Así, las evidencias geológicas complementan lo que puede averiguarse mediante documentos y registros históricos.
Conocer los terremotos ocurridos en el pasado permite elaborar un historial sísmico de una región. Ese historial es útil para valorar la posibilidad de que vuelva a producirse un temblor y para calcular los riesgos actuales y futuros. Si solo se consideran los terremotos registrados con instrumentos modernos, una zona podría parecer estable simplemente porque no hay datos recientes de grandes sismos. Por eso, combinar documentos, testimonios, registros y vestigios geológicos contribuye a evaluar las amenazas y a preparar mapas de amenaza y riesgo sísmico.


