Los bolígrafos adelgazantes son uno de los medicamentos más sorprendentes que la industria farmacéutica ha desarrollado en las últimas décadas. Estas plumas, generalmente basadas en análogos del péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP-1), como la semaglutida, actúan reduciendo el apetito y la ingesta de calorías, logrando pérdidas de peso significativas en pacientes con obesidad o sobrepeso. Tras el gran éxito de estos productos en el tratamiento de la obesidad, muchas compañías están volviendo la vista hacia un objetivo aún más ambicioso: frenar la pérdida de masa muscular durante la reducción de peso. Esta preocupación ha cobrado fuerza a medida que los tratamientos adelgazantes avanzan, puesto que durante el proceso de adelgazamiento parte del peso perdido puede proceder del tejido muscular, disminuyendo la fuerza y el metabolismo basal.
En la práctica clínica y en estudios experimentales se ha observado que, al combinar un déficit calórico prolongado con la acción de las plumas adelgazantes, entre el 20 % y el 30 % de la masa perdida puede ser magra. Con el fin de contrarrestar este efecto, en la actualidad hay al menos 40 sustancias en diferentes fases de investigación. Algunas de ellas actúan específicamente bloqueando proteínas reguladoras del crecimiento muscular, como la miostatina y la activina. Estas proteínas funcionan como un “freno” natural para el desarrollo de las fibras musculares y, modulando su actividad, se intenta preservar o incluso aumentar la masa magra sin recurrir a esteroides anabolizantes tradicionales.
La propuesta de los investigadores no es crear nuevos esteroides sino diseñar medicamentos que incidan en mecanismos específicos del organismo. Uno de los candidatos más prometedores es el bimagrumab, un anticuerpo monoclonal que se une a receptores de activina tipo II, incluidos los receptores de miostatina. Al inhibir la señalización de estas proteínas, el bimagrumab favorece la hipertrofia y la conservación de la masa muscular, al tiempo que puede contribuir a reducir la grasa corporal. Este fármaco fue inicialmente explorado para tratar enfermedades con pérdida de músculo asociada a la edad o a determinadas patologías crónicas, y ahora se investiga también en el contexto de la obesidad.
No obstante, existe un aspecto esencial: tener más masa muscular no equivale automáticamente a recuperar fuerza, equilibrio o autonomía funcional. El músculo debe recibir estímulos adecuados para mejorar su rendimiento. Por esa razón, el ejercicio físico sigue desempeñando un papel insustituible. El entrenamiento de resistencia, con cargas progresivas, y las actividades de fuerza permiten que las fibras musculares se adapten, mejoren su capacidad de contracción y mantengan un metabolismo activo. Sin el estímulo mecánico y metabólico que proporciona el ejercicio, cualquier ganancia de volumen podría no traducirse en capacidad funcional real.
Históricamente, las estrategias para preservar la masa magra durante la pérdida de peso se han basado en recomendaciones nutricionales —aumentar la ingesta de proteínas de alto valor biológico— y en programas de ejercicio supervisado. Ahora, los avances farmacológicos podrían ofrecer herramientas adicionales para situaciones concretas, como pacientes con fragilidad o aquellos que inician protocolos de adelgazamiento intensivos. Aun así, los expertos insisten en que ningún medicamento reemplaza el movimiento: el ejercicio continúa siendo el estímulo fundamental que enseña al músculo a trabajar, a adaptarse y a transformar la masa muscular en verdadera capacidad funcional para la vida diaria.


