Satélite muestra anomalías de temperatura en el Pacífico señalando posible El Niño (Foto: Instagram)
La alerta de la ONU sobre el retorno del El Niño encendió una luz de atención en diversas partes del mundo. Este fenómeno natural, conocido desde hace décadas, ocurre en intervalos irregulares, generalmente de dos a siete años. La preocupación actual de los meteorólogos no es solo el regreso de este calentamiento en el Pacífico, sino el encuentro de un El Niño potencialmente fuerte con un planeta ya calentado, donde los eventos extremos son más frecuentes.
La Organización Meteorológica Mundial, asociada a las Naciones Unidas, publicó que hay una alta probabilidad de formación del fenómeno en los próximos meses. Aunque aún existen incertidumbres debido a la falta de consenso entre los modelos climáticos sobre la intensidad del evento, algunos señalan un El Niño fuerte mientras que otros sugieren una evolución más moderada. La advertencia es clara: gobiernos, agricultores, defensa civil y sistemas de salud deben prepararse.
António Guterres, secretario general de la ONU, destacó la necesidad de tratar el fenómeno “como una alerta climática urgente”. Según él, las condiciones de El Niño pueden “avivar el fuego de un mundo en calentamiento”, con impactos que pueden cruzar fronteras rápidamente.
Lo que ocurre en el océano
El Niño comienza lejos de la vista de la mayoría de las personas, en las aguas superficiales del Pacífico tropical central y oriental. Normalmente, los vientos alisios soplan de este a oeste, empujando aguas cálidas hacia Asia y Oceanía. En el lado opuesto, cerca de la costa oeste de América del Sur, aguas más frías ascienden desde las profundidades, en un proceso llamado surgencia.
Cuando estos vientos se debilitan o cambian de comportamiento, el sistema pierde ritmo. El agua caliente deja de ser empujada con la misma fuerza, se extiende por el Pacífico ecuatorial y calienta regiones que normalmente serían más frías. Este calentamiento altera la presión atmosférica, el régimen de vientos y la distribución de las lluvias.
Para los científicos no basta con observar solo la temperatura del mar. Es necesario verificar si la atmósfera ha respondido al calentamiento. Por ello, los centros meteorológicos controlan la temperatura de la superficie oceánica, la presión atmosférica, los vientos y las lluvias en el Pacífico ecuatorial. El Niño es una interacción entre océano y atmósfera, y solo se denomina así cuando ambos comienzan a moverse al unísono.
Por qué preocupa ahora
El El Niño de 2023 a 2024 estuvo entre los más intensos jamás registrados, contribuyendo al aumento de las temperaturas globales. El problema es que el planeta no vuelve simplemente a la «normalidad» tras un evento de este tipo. La crisis climática actúa como un nivel de base más alto: cuando surge un nuevo El Niño, parte de una base ya calentada.
Celeste Saulo, secretaria general de la Organización Meteorológica Mundial, advirtió sobre la necesidad de prepararse para un evento potencialmente fuerte, capaz de intensificar sequías, lluvias extremas y olas de calor tanto en tierra como en el océano. También señaló que existe gran variación entre los modelos, lo que impide una predicción completamente precisa sobre la intensidad.
Este detalle es crucial. El Niño no es un interruptor mágico que produzca el mismo efecto en todos los países. Interactúa con otros fenómenos, como el calentamiento del Atlántico, frentes fríos, masas de aire, bloqueos atmosféricos y variaciones regionales. Aun así, históricamente, su presencia incrementa la probabilidad de eventos extremos en varios puntos del mundo.
Partes de América del Sur pueden registrar precipitaciones superiores a lo normal, mientras que regiones de América Central, el Caribe, Australia, Indonesia y el sur de Asia suelen afrontar mayor riesgo de sequía. En algunos lugares, el impacto se manifiesta como inundaciones; en otros, como calor persistente, incendios forestales, pérdidas agrícolas o presión sobre embalses.
Los efectos esperados en Brasil
En Brasil, el El Niño tiende a dividir el mapa climático en contrastes. El patrón más conocido es el de más lluvias en el Sur y un mayor riesgo de sequía en el Norte y el Nordeste. Este esquema no se da siempre con la misma intensidad, pero es lo bastante marcado como para orientar las alertas de organismos como el INMET, el INPE y el Cemaden.
En la Región Sur, el fenómeno favorece volúmenes de lluvia por encima de la media. Esto puede aumentar el riesgo de inundaciones, torrentes, anegamientos y deslizamientos, especialmente cuando frentes fríos, ciclones extratropicales y corredores de humedad se encuentran con una atmósfera más cálida. Río Grande del Sur, Santa Catarina y Paraná suelen estar entre las áreas de mayor atención.
En el Norte, la preocupación recae sobre la reducción de las lluvias, un calor más intenso y la caída de los niveles de los ríos. La Amazonia ya ha vivido episodios recientes de sequía severa, con impactos en el transporte fluvial, el abastecimiento, la pesca, las comunidades ribereñas y la mortalidad de animales acuáticos. Con el El Niño, este tipo de presión puede repetirse o empeorar, dependiendo también de la temperatura del Atlántico tropical.
En el Nordeste, el principal riesgo es la irregularidad de las precipitaciones, sobre todo en la franja norte de la región. En zonas del semiárido, semanas sin lluvia pueden afectar a la agricultura familiar, a los pastizales, a los embalses y al suministro. Incluso cuando llueve, la distribución puede ser deficiente: demasiada agua en poco tiempo en algunos municipios y poca o ninguna en otros.
Agricultura, energía y ciudades en alerta
Los efectos del El Niño en Brasil no se limitan al clima. Afectan al precio de los alimentos, a la generación de energía, al transporte, a la salud y a la rutina de las ciudades. En la agricultura, el exceso de lluvia en el Sur puede retrasar las siembras, perjudicar las cosechas y favorecer enfermedades en los cultivos. En el Norte y el Nordeste, la sequía puede reducir la productividad, afectar al ganado y aumentar la dependencia de la irrigación.
El sector eléctrico también vigila el fenómeno con atención. Las lluvias irregulares modifican la situación de los embalses, mientras que las olas de calor elevan el consumo de energía por ventiladores, aire acondicionado y refrigeración. En las grandes ciudades, el calor persistente puede empeorar la calidad del aire y aumentar los riesgos para personas mayores, niños, trabajadores expuestos al sol y quienes padecen enfermedades cardiovasculares o respiratorias.
Otro punto sensible es la incidencia de incendios. Los períodos prolongados de sequía y la vegetación más reseca aumentan la probabilidad de quemas en el Norte, en el Centro-Oeste y en partes del Nordeste. En la Amazonia, esto puede provocar un ciclo peligroso: menos lluvia, más fuego, más humo y más presión sobre el bosque.
Brasil ya conoce las dos caras del El Niño: agua de más donde el suelo no la soporta y agua de menos donde cada embalse cuenta. La previsión aún puede cambiar, pero la alerta sirve precisamente para adelantarse: anticipar obras de drenaje, revisar planes de emergencia, proteger a poblaciones vulnerables, orientar a los agricultores y seguir de cerca los embalses antes de que el océano Pacífico dicte el próximo capítulo del clima.


