
En Moynaq, en Uzbekistán, un faro blanco y negro señala hacia donde alguna vez existió un mar. Hoy no hay agua, olas ni barcos en movimiento. Lo que se observa es una vasta extensión de arena, polvo y embarcaciones oxidadas clavadas en el suelo como vestigios de un naufragio sin mar.
La ciudad se asentaba en la orilla del mar de Aral, uno de los mayores cuerpos de agua del planeta. Durante décadas, Moynaq prosperó gracias a la pesca, los muelles y las fábricas de conservas de pescado, sustentando a miles de personas que vivían directamente del mar. No obstante, el paisaje cambió de forma drástica y la antigua costa se convirtió en un desierto improductivo.
El proceso de desecación del Aral comenzó en la década de 1960, cuando la Unión Soviética desvió los ríos Amu Daria y Sir Daria con el fin de irrigar cultivos de algodón en la estepa central asiática. Estos ríos eran las principales fuentes de agua dulce del mar. Con el caudal mermado, el nivel del agua descendió año tras año hasta que la cuenca quedó prácticamente vacía.
En los años cincuenta, el mar de Aral aportaba más del 10% del pescado consumido en toda la Unión Soviética. La región rebosaba de embarcaciones, trabajadores portuarios y comunidades volcadas en la explotación de los recursos marinos. En apenas seis décadas, sin embargo, el Aral perdió más del 90% de su superficie original.
El retroceso de las aguas dejó tras de sí un terreno con elevado contenido de sal, restos de fertilizantes agrícolas y productos químicos procedentes de los cultivos. El viento arrastra esa polvareda contaminada y la dispersa por los alrededores, afectando los campos de cultivo, las viviendas y la salud de la población. Afecciones respiratorias, afecciones de la piel y otros problemas clínicos se han convertido en enfermedades endémicas.
Moynaq, que antaño fue un próspero puerto, se transformó en lo que hoy se conoce como el “cementerio de barcos”: centenares de cascos oxidados yacen en la arena, muy lejos de cualquier línea de costa. El antiguo capitán Almas Tolvashev resumió el cambio con estas palabras: “Aquí había 250 embarcaciones. Cada día capturaba hasta 700 kilos de pescado. Ahora ya no queda mar”.
La pérdida del Aral no supuso únicamente un desastre ambiental. También supuso la destrucción de empleos, tradiciones e identidades locales que giraban en torno al mar. Donde había motores, redes y muelles, sólo quedan restos corroídos por el óxido y la erosión.
Este caso suele compararse con otros lagos y mares que han sufrido un retroceso drástico: el lago Poopó en Bolivia estuvo cerca de desaparecer en 2015; el lago Chad en África ha perdido gran parte de su presión de agua en las últimas décadas. El mar Muerto y el lago Urmia siguen disminuyendo por el uso excesivo de recursos hídricos, el cambio climático y el desvío de corrientes naturales.
A pesar de todo, en la cuenca del Aral se han ensayado proyectos de restauración. En 2005 se construyó una presa en Kazajistán para intentar recuperar al menos la parte septentrional del lago. Gracias a estas intervenciones, el nivel y la salinidad de la porción norte han mejorado en cierta medida, lo que ha permitido la reaparición de algunas especies de peces y la reactivación limitada de la pesca local. Sin embargo, la parte meridional del Aral continúa en estado crítico y los riesgos ambientales y sanitarios persisten.
La historia del mar de Aral sirve como advertencia global sobre los efectos colaterales de la explotación intensiva de los recursos hídricos y la falta de planificación sostenible. El desierto que hoy ocupa la antigua cuenca ilustra hasta qué punto la intervención humana puede alterar de modo irreversible los equilibrios de un ecosistema.


