Nilofar Ayoubi pasó aproximadamente diez años viviendo disfrazada de niño en Afganistán tras sufrir amenazas durante su infancia, en el periodo inicial del régimen talibán. El caso tuvo lugar en Kunduz, ciudad situada en el norte del país, cuando ella tenía apenas 4 años de edad.
Según los relatos, Nilofar fue abordada en la calle por un hombre que la palpó en busca de señales de feminidad y amenazó con atacar a su familia si no llevaba velo. Ante esta situación, su padre decidió cortarle el pelo y hacer que adoptara la apariencia de un niño como medida de protección.
Durante ese tiempo, asistió a espacios y participó en actividades vetadas a las niñas bajo el gobierno talibán. Según su propia experiencia, “recibía el mismo trato que mis hermanos”: podía desplazarse con mayor libertad, jugar en la calle y asistir a eventos deportivos que se celebraban en la ciudad.
El uso de identidades masculinas por parte de algunas niñas en Afganistán responde a una práctica conocida como “bacha posh”, empleada por familias para proteger a las hijas de restricciones sociales y amenazas. Bajo esta tradición, la niña adopta la vestimenta y el comportamiento de un niño hasta la pubertad, momento en que debe regresar a su rol de género asignado al nacer.
El régimen talibán, durante su primera etapa de gobierno (1996-2001), impuso normas basadas en una interpretación estricta de la ley islámica que prohibían a las mujeres el acceso a la educación, la atención sanitaria sin acompañante varón y el trabajo fuera del hogar. Estas restricciones afectaron de forma desproporcionada a la población femenina, confinándola a espacios privados y sometiéndola a un estricto código de vestimenta y de movilidad.
Con la caída inicial del régimen talibán en 2001, impulsada por la intervención internacional tras los atentados del 11 de septiembre, se restablecieron gradualmente algunos derechos para las mujeres. Nilofar pudo entonces acceder a la escuela y mantuvo un buen rendimiento académico, aprovechando las nuevas oportunidades educativas que se abrían tras la llegada de misiones de apoyo en materia de enseñanza.
La verdadera encrucijada llegó cuando cumplió 13 años y experimentó su primera menstruación. Según cuenta ella misma, “sentí tanta rabia por ser mujer que, por las noches, lloraba en la cama”. Ese momento marcó el fin de su identidad masculina y el retorno a su condición de niña, con todo el impacto emocional que conllevó.
Ya en su vida adulta, Nilofar se casó con 19 años y emprendió diversos proyectos empresariales en áreas como la moda, el mobiliario y el diseño de interiores. Llegó a liderar compañías que emplearon a unas 300 personas, entre ellas muchas mujeres afganas, contribuyendo al desarrollo económico local.
En 2021, tras la reconquista de Kabul por parte del Talibán, Nilofar y su familia recibieron asistencia internacional para su evacuación. Relata que durante una entrevista con un periodista polaco, éste le comunicó la posibilidad de un avión de Polonia que podría sacarlos del país. Tres días después, aterrizaban en Varsovia, donde se les ofreció apoyo para empezar una nueva vida.
Desde su llegada a Polonia, Nilofar se dedica a la defensa de los derechos humanos y participa en conferencias y talleres organizados por organismos multilaterales y ONG especializadas. Ha intervenido en eventos en países como Bélgica, Alemania y Estados Unidos, aportando su testimonio sobre las realidades de las mujeres afganas bajo el régimen talibán y promoviendo la igualdad de género.
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Al reflexionar sobre su trayectoria, Nilofar declara: “No quiero ser alguien que nació, vivió unos años y murió sin contribuir con nada”. Su experiencia ilustra los desafíos que enfrentan las mujeres afganas bajo regímenes autoritarios y muestra las vías de resistencia que las familias adoptan para proteger a las hijas.


