Dos pescadores de Kiribati, en el Pacífico Sur, estuvieron 33 días a la deriva tras perder la orientación durante una travesía nocturna que apenas abarcaba unos kilómetros entre islas del archipiélago. Al cabo de casi un mes, su embarcación encalló en un atolón aislado de las Islas Marshall, donde ambos lograron resolver el misterio que rodeaba la desaparición de un familiar ocurrida medio siglo atrás.
Uein Buranibwe, de 53 años, y Temaei Tontaake, de 26, zarparon en un pequeño barco pesquero con la intención de cubrir el trayecto que separa sus islas de origen. Sin embargo, las condiciones de visibilidad nocturna y la ausencia de equipamiento de navegación moderno les hicieron perder el rumbo. Durante todo el tiempo que permanecieron en alta mar, subsistieron gracias al atún que pescaban directamente con artes rudimentarias, mientras la escasez de agua potable y la falta de lluvias les obligó en ocasiones a ingerir agua de mar, con los riesgos de deshidratación y desequilibrio electrolítico que ello conlleva.
En los primeros días de su desaparición, la Guardia Costera de Estados Unidos desplegó aviones y patrulleras en operaciones de búsqueda y rescate. Estas maniobras de emergencia suelen implicar vuelos de reconocimiento aéreo y rastreo de señales de socorro a lo largo de zonas marítimas muy extensas, donde unas corrientes oceánicas cambiantes pueden dispersar rápidamente cualquier embarcación sin coordenadas precisas. Pese a ello, los pescadores no fueron avistados durante esa fase inicial y solo alcanzaron la costa al cabo de 33 jornadas.
El islote donde emergieron sus esperanzas es Namdrik, un atolón remoto de las Islas Marshall con una comunidad de apenas unos cientos de personas. En aquella isla, únicamente una residente era capaz de entender la lengua gilberta, hablada en Kiribati. Para sorpresa de los náufragos, aquella mujer resultó ser descendiente de un tío de Tontaake, que había desaparecido en el mar aproximadamente hace cincuenta años. Según el relato local, el pariente también perdió la ruta en una travesía similar, llegó por sus propios medios a Namdrik y terminó estableciéndose allí con una nueva familia.
“Ahora sabemos qué le sucedió a mi tío”, explicó Tontaake, al conocer la historia de aquel hombre que se había convertido en antepasado de varias generaciones insulares. El encuentro no solo supuso el final de una larga incógnita para la familia de Kiribati, sino que también ilustró la forma en que las corrientes y los vientos del Pacífico Sur pueden trasladar embarcaciones de una región a otra, a veces a decenas o incluso cientos de millas marinas de distancia.
Tras ser atendidos en Namdrik, ambos pescadores fueron transportados en barco hasta Majuro, la capital de las Islas Marshall, donde recibieron asistencia médica y pudieron contactar con sus familiares. Se espera que regresen pronto a Kiribati, acompañados por autoridades locales, para reunirse con sus comunidades y relatar en persona la extraordinaria historia de supervivencia y reencuentro familiar.
Este caso pone de relieve las dificultades a las que se enfrenta la navegación entre atolones en el Pacífico central, donde la fragilidad de las embarcaciones artesanales y la falta de sistemas de posicionamiento obligan a los marinos a depender en gran medida de la experiencia y de señales naturales. Al mismo tiempo, subraya el papel de las operaciones de búsqueda y rescate de los organismos internacionales y el valor de la memoria oral para reconstruir trayectorias que, de otro modo, habrían permanecido selladas bajo el oleaje.


