En la noche del viernes 10 de abril, la cápsula de la misión Artemis II aterrizó en las aguas del Océano Pacífico, cerca de la costa de San Diego. Los especialistas calificaron el retorno de la tripulación como impecable. Tras 10 días en una travesía alrededor de la Luna, los cuatro astronautas completaron la misión que los llevó más lejos en el espacio de lo que ningún ser humano había estado jamás.
El equipo de Artemis II estaba compuesto por Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen. El éxito del amerizaje en el agua generó reacciones inmediatas en la comunidad aeroespacial. Rob Navias, comentarista de la NASA, describió el momento de forma técnica y entusiasta, afirmando que fue “un aterrizaje en la mosca, perfecto, para la Integrity y sus cuatro astronautas”.
La ida y vuelta al espacio no implica solo desafíos tecnológicos y de ingeniería. El cuerpo humano sufre profundas transformaciones al dejar la protección de la atmósfera terrestre. Los investigadores estudian de cerca cómo cada sistema biológico reacciona a la ausencia de gravedad y a las condiciones extremas del espacio.
El doctor John DeWitt trabajó durante dos décadas en el Centro Espacial Johnson de la NASA. Como biomecánico sénior y científico de proyectos de dispositivos de ejercicio, se especializó en la salud y el rendimiento de los astronautas. Recientemente explicó cómo la capacidad de adaptación del organismo se ve sometida a prueba en nuevos entornos.
DeWitt detalló que, en la Tierra, vivimos bajo la influencia de la gravedad las 24 horas del día. El cuerpo está acostumbrado a trabajar contra esa fuerza constante, incluyendo el bombeo de sangre desde las piernas hasta el corazón. Además, utilizamos de forma continua los músculos centrales y de la zona inferior del cuerpo para mantener el equilibrio y la postura.
En el espacio, esta dinámica cambia radicalmente. El corazón no necesita esforzarse tanto, pues no existe gravedad que arrastre la sangre hacia los pies. Los músculos encargados de la postura tampoco se exigen, dado que los astronautas flotan. El científico destacó que “como resultado, estos sistemas empiezan a debilitarse”.
Los informes de la NASA indican que se producen múltiples cambios corporales durante la estancia en el vacío espacial. Incluso en misiones de corta duración, como los 10 días de Artemis II, los efectos comienzan a manifestarse. En estancias prolongadas, estos impactos se acentúan y requieren protocolos estrictos de salud.
Alteraciones en la visión
La ausencia prolongada de peso provoca una condición específica conocida como Síndrome Neuro-ocular Asociada al Vuelo Espacial. La NASA vigila esta afección por los riesgos que plantea para la agudeza visual de los tripulantes. El problema está ligado al comportamiento de los fluidos internos en microgravedad.
La agencia espacial explica que la falta crónica de peso hace que fluidos corporales, como la sangre y el líquido cefalorraquídeo, se desplacen hacia la cabeza. Este movimiento genera una presión inusual en la región ocular y craneal. Los efectos físicos son medibles y pueden alterar la estructura interna de los ojos de los astronautas.
Entre las consecuencias se hallan la hinchazón del nervio óptico y la aparición de pliegues en la retina. Las pruebas muestran también el aplanamiento de la parte posterior del ojo y un leve edema cerebral. Estas modificaciones físicas pueden comprometer la visión durante y después del regreso a la Tierra, siendo uno de los principales focos de estudio de la medicina espacial.
Pérdida de densidad ósea
La estructura ósea humana depende del impacto y la carga para mantenerse fuerte. En misiones más largas, la falta de compresión sobre el esqueleto resulta en una pérdida acelerada de minerales. La NASA estima que, sin la gravedad terrestre, los huesos pierden entre un 1 % y un 1,5 % de su densidad cada mes.
En microgravedad, los huesos que sostienen el peso —como la columna vertebral y las caderas— dejan de necesitar tanta resistencia. Durante misiones de cuatro a seis meses, la reducción de la densidad ósea es constante. El cuerpo interpreta que esa estructura rígida ya no es esencial y comienza a reabsorber el tejido.
Para combatir este efecto, la agencia subraya que “el ejercicio para reducir los déficits de densidad ósea tras el vuelo y fortalecer la fuerza muscular es un componente esencial para prevenir el deterioro del tejido óseo”. Sin estas intervenciones, el riesgo de fracturas al volver a la gravedad terrestre sería muy elevado.
Atrofia muscular
Al igual que los huesos, los músculos sufren por la falta de uso en el espacio. La locomoción dentro de una estación espacial exige poco esfuerzo físico, lo que conduce a una atrofia rápida si no existe estimulación. Por ello, los astronautas siguen una rutina rigurosa de ejercicios, dedicando en promedio dos horas al día a entrenar.
La NASA señala que “cada astronauta a bordo de la estación espacial ejercita los músculos, huesos y tejidos conectivos usando programas de entrenamiento similares a los de la Tierra”. El objetivo es simular las cargas que el cuerpo afronta en el día a día terrestre para evitar el debilitamiento muscular.
La tecnología de entrenamiento ha evolucionado con el tiempo. Al inicio, las misiones contaban con cintas de correr que empleaban arneses para sujetar al usuario y aplicar una fuerza parecida a la gravedad. Hoy, equipos como el ARED permiten realizar movimientos equivalentes al levantamiento de peso, incluso en microgravedad.
Anemia espacial
Otra condición observada en misiones de larga duración es el aumento del riesgo de anemia. Se produce una tasa elevada de destrucción de glóbulos rojos en el organismo. Un estudio en la revista Nature Medicine aportó datos precisos sobre este cambio biológico en comparación con la vida en la Tierra.
La investigación halló que los cuerpos de los astronautas crean y destruyen tres millones de glóbulos rojos por segundo mientras están en el espacio. En la Tierra, esa cifra es de dos millones por segundo. La anemia ocurre cuando el número de glóbulos rojos es insuficiente para transportar oxígeno de manera eficiente por todo el cuerpo.
El investigador principal Guy Trudel, de la Universidad de Ottawa, aclaró la evolución de este conocimiento. Afirmó que “se pensaba inicialmente que la destrucción de glóbulos rojos ocurría solo en los primeros días del vuelo espacial y luego el control se normalizaba”. Hoy se sabe que la hemólisis se mantiene durante toda la estancia en el espacio.
Coágulos sanguíneos
La formación de coágulos en astronautas es una preocupación documentada que ha generado líneas de investigación en los últimos años. La NASA procura entender por qué sucede y qué mecanismos intervienen. La principal hipótesis apunta de nuevo a la redistribución de líquidos en el organismo.
En ausencia de gravedad, los fluidos corporales se desplazan de las piernas a la parte superior del cuerpo y la cabeza. Esto afecta el flujo sanguíneo en los vasos craneales. La agencia explica que los patrones de circulación cambian en el espacio y el grado de dicha variación difiere entre individuos.
Estos cambios pueden crear condiciones propicias para la formación de trombos. Las investigaciones continúan para determinar si factores genéticos o ambientales predisponen a algunos astronautas al riesgo. Vigilar la salud vascular es parte esencial de la rutina de quienes viven en la órbita terrestre.
Inmunidad alterada
El sistema inmunitario también presenta comportamientos distintos lejos de la Tierra. Los estudios indican que la defensa del cuerpo puede verse comprometida, aumentando la vulnerabilidad. Un fenómeno común es la reactivación de virus latentes en el organismo.
Un ejemplo citado por la NASA es el virus varicela zóster, causante de la varicela en la infancia y del herpes zóster en la edad adulta. La agencia señala que “esta reactivación suele ser subclínica en los astronautas, lo que significa que no presentan síntomas evidentes”. Sin embargo, la actividad viral se monitoriza cuidadosamente.
La presencia de estos virus activos actúa como indicador biológico de un sistema de defensa menos eficaz. Esta disminución inmunitaria puede relacionarse con el estrés de la misión, la radiación o los cambios en el ritmo circadiano. Mantener el sistema inmunitario fuerte resulta vital para futuras exploraciones profundas.
Radiación espacial
La radiación en el espacio difiere fundamentalmente de la que alcanza la superficie terrestre, filtrada por la atmósfera y el campo magnético. La NASA identifica tres tipos principales: partículas atrapadas en el campo magnético, emisiones solares y rayos cósmicos galácticos.
Los rayos cósmicos galácticos contienen protones de alta energía e iones pesados procedentes de fuera del sistema solar. Fuera de la órbita baja, esta radiación supone riesgos significativos para la salud. La exposición puede causar patologías agudas por radiación y aumentar el riesgo de cáncer a largo plazo.
Además del cáncer, los efectos pueden afectar al sistema nervioso central y generar enfermedades degenerativas. La NASA afirma que estudios con distintas dosis y energías confirman estas consecuencias. Desarrollar blindajes eficaces sigue siendo uno de los mayores desafíos para la colonización espacial.
La cápsula de Artemis II, tras enfrentar todas estas condiciones y la reentrada en la atmósfera, permanece como un hito técnico del programa espacial. Los tripulantes inician ahora una fase de evaluaciones médicas detalladas para analizar cómo los diez días de misión han afectado sus funciones biológicas individuales.


