Amou Haji, un habitante del pequeño poblado de Dejgah en la provincia de Fars, al sur de Irán, falleció el 23 de octubre de 2022 a los 94 años, según difundió la agencia estatal Irna. Este hombre se ganó el apodo de “el hombre más sucio del mundo” por haber rechazado el agua y el jabón durante más de seis décadas, convencido de que la higiene le causaría enfermedades.
Durante toda su vida adulta, Haji evitó cualquier acto de aseo corporal. Los vecinos relataban que aquel estilo de vida surgió de experiencias traumáticas en su juventud, aunque él nunca detalló su origen. Para cobijarse, dormía de forma alterna en un agujero excavado en el suelo y en una pequeña caseta de ladrillo que le habían construido compasivamente los habitantes del lugar.
En 2014 concedió una entrevista al Tehran Times, donde confesó que su dieta consistía en porcoespín, carne en descomposición y agua almacenada en latas usadas, con lo que mostraba una resistencia extrema a las normas básicas de salubridad. Años más tarde, se vio fumando varios cigarrillos al mismo tiempo, un hábito que exacerbaba su deterioro físico y que se sumaba a su rechazo por cualquier fórmula de limpieza.
A pesar de los múltiples esfuerzos de sus vecinos por animarle a bañarse o, al menos, lavarse las manos con jabón, Haji se mantuvo firme en su convicción. Cualquier intento de higienización le provocaba un estado de debilidad o ansiedad, según reportó Irna. Su cuerpo acumuló capas de suciedad que, para muchos especialistas, habrían servido como caldo de cultivo para diferentes bacterias y hongos. No obstante, él creía que ese manto protector impedía la entrada de enfermedades.
Sorprendentemente, poco antes de morir, Amou decidió aceptar un baño. Fue su primera limpieza en más de 60 años. Tan solo unos meses después de aquella experiencia, cayó gravemente enfermo y no superó el cuadro clínico que lo aquejó hasta el día de su fallecimiento. La coincidencia entre su primer baño y su declive final desató un debate público sobre los riesgos de cambios bruscos en la microbiota cutánea y la posible reacción adversa de su organismo.
El caso de Haji despertó interés internacional y se convirtió en objeto de documentales y reportajes. Históricamente, la higiene en distintas culturas ha variado según factores climáticos, religiosos y de acceso a recursos hídricos. Mientras en algunas sociedades el agua se asocia a purificación ritual, en otras se teme que el contacto excesivo favorezca la proliferación de microbios, una idea que, en el extremo, llegó a justificar la negativa prolongada al aseo personal.
Desde la perspectiva de la salud pública, la ausencia prolongada de baños puede derivar en infecciones cutáneas, mal olor corporal acusado y proliferación de artrópodos como pulgas o garrapatas. En contextos rurales y aislados, sin instalaciones adecuadas ni campañas de concienciación, estas prácticas extremas tienden a mantenerse. El relato de Amou Haji refleja cómo las creencias individuales pueden desafiar las recomendaciones médicas y de higiene.
Aunque aún se discute si su récord de tiempo sin bañarse es el más largo de la historia, su historia sirve de ejemplo extremo para entender la relación entre cuerpo, cultura y salud. La repercusión mediática motivó a expertos en dermatología y microbiología a estudiar los efectos de la hipohigiene prolongada, aportando datos sobre el equilibrio de la flora cutánea y las posibles consecuencias en el sistema inmune.
El legado de Amou Haji continúa presente en los debates sobre la importancia del saneamiento básico, la educación sanitaria en zonas rurales y la comprensión de cómo las convicciones personales pueden afectar gravemente la salud. Su vida y muerte ilustran un caso único en el que el rechazo obstinado a un hábito cotidiano terminó resultando fatal.


