Jeanne Louise Calment, nacida en 1875 en la ciudad de Arles, al sur de Francia, ha sido reconocida oficialmente como la persona con la vida más larga documentada hasta la fecha, alcanzando los 122 años y 164 días antes de su fallecimiento en 1997. Su caso figura en numerosos registros históricos y es un referente absoluto en estudios de longevidad humana.
El Guinness World Records validó su edad gracias a una exhaustiva comprobación de documentos oficiales. Partidas de nacimiento y bautismo, registros censales y otros archivos administrativos sirvieron para confirmar su fecha exacta de alumbramiento y su permanencia continua hasta finales del siglo XX. Este proceso de verificación riguroso es clave en gerontología para distinguir entre reclamaciones anecdóticas y edades auténticamente comprobadas.
A lo largo de su extraordinaria trayectoria vital, Calment atravesó tres siglos distintos: nació en el XIX, vivió todo el XX y contempló el umbral del nuevo milenio, ya que llegó a conocer los albores de la era de Internet. Durante su existencia, fue testigo directo de hitos como la invención del teléfono por Alexander Graham Bell, la difusión masiva del automóvil y las secuelas de las guerras mundiales que configuraron la sociedad moderna.
Uno de los aspectos que más ha despertado la curiosidad científica y mediática son sus hábitos cotidianos. Jeanne Calment afirmaba comer chocolate con regularidad, disfrutar de un vaso de vino de Oporto cada día y fumar tabaco durante varias décadas, hasta muy avanzada edad. Estas costumbres, que hoy podrían considerarse contrarias a recomendaciones sanitarias, no impidieron que alcanzara un nivel de longevidad sin precedentes.
Los investigadores que estudian la longevidad extrema subrayan que ningún factor aislado explica una vida tan larga. En la gerontología se denomina “supercentenarios” a quienes superan los 110 años, y en estos casos suelen converger elementos genéticos particulares, un entorno social favorable, condiciones medioambientales estables y, en ocasiones, ciertos hábitos de vida. Sin embargo, la genética y el entorno familiar suelen jugar un papel determinante.
El ejemplo de Jeanne Louise Calment se ha convertido en un símbolo de resistencia biológica y en un objeto de estudio imprescindible para la biogerontología. Su caso ilustra la necesidad de analizar de forma integrada tanto la herencia genética como las influencias externas, desde la dieta hasta la atención médica, a fin de comprender mejor los mecanismos del envejecimiento humano.
Aunque el impresionante récord de Calment sigue siendo único, los especialistas advierten sobre la imposibilidad de replicarlo simplemente imitando uno o varios de sus hábitos. El envejecimiento es un proceso complejo y multifactorial. Aprender de su historia aporta valiosas lecciones, pero en ningún caso garantiza que una o varias conductas aisladas puedan prolongar la vida de forma similar en otras personas.


