El sistema judicial ha visto demandas tan inverosímiles que, por sorprendentes, resultan absolutamente reales.
En Estados Unidos, John Leonard intentó obligar a PepsiCo a entregarle un caza Harrier II tras interpretar como oferta contractual un anuncio promocional de “7.000.000 de puntos Pepsi”, un desembolso de unos 651 000 €; la justicia desestimó su petición al considerar el spot una broma publicitaria.
De igual modo, el juez Roy Pearson reclamó 67 millones de dólares (aprox. 62,3 M €) a una tintorería por perder un pantalón, pero su querella fue rechazada por carencia de fundamento. También se registraron acciones tan singulares como demandar a Michael Jordan por ser confundido con él, o incluso un proceso contra Dios, archivado por imposibilidad de notificación.
Entre los pocos pleitos exitosos figura el de un consumidor que ganó a Subway tras demostrar que su bocadillo Footlong no medía los prometidos 30 cm. Otros casos incluyen denuncias a servicios meteorológicos por previsiones inexactas o la reclamación de cumplimiento de cadena perpetua al detenerse el corazón de un preso.
Estas historias reflejan el lado más insólito del derecho, acionado a veces por expectativas, frustraciones o lecturas extremas.


