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La fuerza y la debilidad de la derecha: superar la hegemonía del bolsonarismo exige disputar su base

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La derecha salió de las urnas con un importante capital político. Aunque perdió la segunda vuelta por más de cuatro millones de votos, su candidato a la Presidencia recibió cerca de 60 millones. En el Parlamento, su crecimiento fue significativo, sobre todo el del PL. El partido liderado por Valdemar Costa Neto eligió a 121 diputados y tendrá 28 senadores, aproximadamente un tercio de la Cámara. Esa es su fuerza; la dificultad para convertir ese patrimonio en un proyecto nacional que vaya más allá del bolsonarismo es su debilidad.

La derecha no constituye un bloque homogéneo, aunque durante los últimos ocho años se haya sometido al liderazgo de la familia Bolsonaro. La derrota en las elecciones presidenciales y la reacción de Flávio al resultado mostraron los límites de esa subordinación. Por segunda contienda presidencial consecutiva, la familia que dirige el movimiento no reconoció la decisión de los brasileños expresada en las urnas.

Existen diferencias relevantes entre los conservadores, y el propio PL no debería actuar de manera uniforme en el Congreso. União Brasil, PP y sectores del MDB que apoyaron a Flávio ya han empezado a acercarse al cuarto Gobierno de Lula, a cambio, naturalmente, de espacio en el poder. El apoyo electoral no significó identidad política ni un compromiso duradero con el bolsonarismo.

Sin embargo, es necesario distinguir entre los movimientos de acomodación y la formación de una alternativa. Negociar cargos en el Gobierno es pragmático, pero no representa una renovación de la derecha. Una oposición con identidad propia necesita un proyecto, organización y disposición para enfrentarse también a los sectores autoritarios de su propio espacio político.

El reconocimiento del resultado electoral por parte de gobernadores que apoyaron a Flávio es una señal importante. Según un recuento publicado por O Globo el 1 de noviembre, 13 de los 15 gobernadores electos mencionados en el reportaje reconocieron explícitamente la victoria de Lula. La necesidad de preservar las relaciones institucionales con el Gobierno federal influye, sin duda, en esa postura. Aun así, los distingue de la impugnación del candidato derrotado.

En este contexto, merece atención la postura de Tarcísio de Freitas. Al reconocer el resultado electoral, el gobernador de São Paulo se distanció de la impugnación de Flávio e indicó que es posible hacer una oposición firme sin faltar al respeto a la decisión expresada en las urnas. Como se trata de un dirigente vinculado a la familia Bolsonaro, el gesto tiene peso político y puede favorecer una actuación más independiente.

La crisis de liderazgo da comienzo a la disputa por la representación de ese electorado. La radicalización, la hostilidad hacia las instituciones y la creencia de que solo es legítimo un resultado electoral favorable forman parte de la identidad construida por el bolsonarismo. Ahí es donde la moderación encuentra un obstáculo: no basta con suavizar los discursos o cambiar a los protagonistas sin abordar las bases de esa práctica política.

Esta dificultad también abre una oportunidad para el país: fortalecer una derecha con un proyecto de Gobierno y un compromiso inequívoco con las reglas democráticas. Una parte importante de los votantes de Flávio no es necesariamente bolsonarista ni desea una ruptura institucional. Puede haber votado por conservadurismo, por rechazo al PT, por descontento con el Gobierno o por sus expectativas sobre la economía y la seguridad.

Para disputar esos votos hay que tomarse en serio sus preocupaciones. Un liderazgo conservador debe demostrar que puede defender la seguridad pública, la responsabilidad fiscal, la libertad económica y los valores de su electorado sin aceptar el autoritarismo como precio de la unidad.

La democracia brasileña necesita que exista esa derecha. Los regímenes sólidos dependen de fuerzas capaces de competir por el poder, representar a sus votantes y hacer oposición sin amenazar las instituciones ni tratar a los adversarios como enemigos. La alternancia solo es saludable cuando todos entienden que ganar no significa ser dueño permanente del Estado y que perder no autoriza a faltar al respeto a las urnas.

A lo largo de los últimos ocho años, dirigentes que podrían haber encarnado esa alternativa vincularon su destino al bolsonarismo. En la primera vuelta, candidatos que se presentaban como opciones conservadoras utilizaron discursos casi idénticos a los de Flávio y, en algunos casos, compitieron por ver quién era más radical en su rechazo al PT. En lugar de construir una identidad propia, prefirieron buscar la aprobación de la familia.

La derrota presidencial no pone fin a este mecanismo de subordinación. El bolsonarismo mantiene votos, cargos electos, capacidad de movilización y medios para presionar a sus aliados. Para romper su hegemonía será necesario disputar la base social que lo sostiene, afrontar las acusaciones de traición y presentar resultados que den credibilidad a otro camino.

En el Congreso, esa disputa tendrá efectos concretos. La bancada del PL es numerosa, pero no constituye una mayoría ideológica cohesionada. Los intereses de los partidos, las prioridades regionales y las diferentes lealtades políticas estarán en juego en el Legislativo. Los dirigentes independientes de centro-derecha podrán formar mayorías para abordar los problemas del país e impedir propuestas que amenacen las instituciones. En la sociedad, empresarios, líderes religiosos y votantes conservadores necesitan tener representación sin someterse al radicalismo.

Según la valoración de muchos analistas, Tarcísio reúne las condiciones para desempeñar un papel importante en esa renovación y se le señala como posible candidato a la Presidencia en 2030. El Gobierno de São Paulo le ofrece la oportunidad de demostrar capacidad de gestión, formar alianzas y dar alcance nacional a un proyecto propio. Su reto será ganar más autonomía y unir a conservadores y sectores de centro en torno a una alternativa comprometida con los principios democráticos.

La fuerza de este espacio político está en sus votos, sus gobiernos estatales y los escaños obtenidos en el Congreso. Su debilidad consiste en seguir dependiendo de un liderazgo familiar que limita su capacidad para ampliar alianzas y gobernar el país. Las urnas han creado una oportunidad de cambio. Aprovecharla exige que los dirigentes conservadores tengan el valor de conquistar autonomía y disputar el futuro sin pedir permiso al bolsonarismo.

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