Si el senador Flávio Bolsonaro, después de ser derrotado por Lula el domingo 25, se hubiera quedado en Brasil hasta hoy, habría sido comprensible criticar al ministro del Supremo Tribunal Federal Alexandre de Moraes por haber atendido esa misma noche la petición de la Policía Federal para incautarle el pasaporte. Al fin y al cabo, ¿por qué tanta prisa? ¿Para que el entonces excandidato pudiera presentarse después ante el mundo como un perseguido político?
Pero no fue eso lo que ocurrió. El lunes 26, al salir de una visita a su padre, encarcelado y condenado por tentativa de golpe de Estado, Flávio recibió la notificación de que debía entregar el pasaporte en un plazo de 24 horas. En vez de cumplir la orden, comenzó la fuga al día siguiente, acompañado de su mujer y de sus hijas. La operación, según el texto, estuvo bien planificada y contó con el apoyo de los Gobiernos de Argentina y Estados Unidos, además del de un exagente del Mosad, el servicio de espionaje de Israel.
Flávio no fue sorprendido por la decisión judicial que ordenaba la devolución del pasaporte: tenía dos, uno brasileño y otro italiano, y sigue teniendo ambos. La Policía Federal fue la que, según el artículo, quedó desprevenida al descubrir demasiado tarde que estaba preparado para huir. La institución solo se dio cuenta el viernes 23, cuando Eduardo Bolsonaro declaró en una entrevista en un pódcast que apoyaba la salida de su hermano de Brasil si perdía las elecciones. La derrota ya se cernía sobre ambos.
Es posible que Jair no conociera el plan de fuga. Sin embargo, al enterarse de la notificación recibida por Flávio, aconsejó a su hijo que escapara de una posible detención. Eso fue lo que él mismo hizo en un avión presidencial el 30 de diciembre de 2022, alegando que no participaría en la ceremonia de toma de posesión de Lula, prevista para el 1 de enero de 2023. El día 8, desde Florida, donde se encontraba —y donde está ahora Flávio—, vio en directo por televisión el intento frustrado de derrocar a Lula. Si hubiera tenido éxito, habría regresado para recuperar el poder.
La fuga de Flávio, articulada entre bastidores del poder internacional, completa la mayor ironía del bolsonarismo: quienes durante años gritaban «Brasil por encima de todo» y exigían un patriotismo incondicional fueron los primeros en cruzar la frontera durante la noche. Al optar por un exilio presentado como persecución, el senador no solo evitó la Justicia, sino que admitió que el destino de los «patriotas» que se quedaron atrás nunca fue su verdadera preocupación. La historia se repite, primero como farsa en Florida en 2022 y ahora como fuga definitiva.
En este contexto, el pasaporte es el documento de viaje que acredita la identidad y la nacionalidad de su titular ante las autoridades. La existencia de más de un pasaporte, como señala el texto en el caso de Flávio, no elimina por sí sola una orden judicial de entrega o incautación: son cuestiones distintas. También conviene distinguir entre el uso corriente de palabras como «exilio» y las categorías jurídicas que pueden aplicarse a la situación de una persona en otro país. El artículo emplea «exilio» para describir la salida de Brasil y la presenta como una decisión vinculada a la persecución política; esa caracterización forma parte de su argumento sobre la contradicción entre el discurso patriótico y la marcha del senador.


