La muerte de la actriz Lua Blanco, a los 39 años, el domingo 18, a causa de un cáncer de intestino, ha llamado la atención sobre los síntomas y los cuidados relacionados con esta enfermedad. Conocida por interpretar a Roberta en la telenovela *Rebelde*, la artista habría recibido el diagnóstico pocos meses antes de morir, cuando el cáncer ya se encontraba en una fase avanzada, según informaciones atribuidas a su familia.
El cáncer de intestino, también denominado cáncer colorrectal, puede desarrollarse sin presentar síntomas en sus fases iniciales. La enfermedad también afecta a personas menores de 50 años y, según la información publicada por Metrópoles, los diagnósticos en ese grupo de edad han aumentado en distintos países. En Brasil, la estimación atribuida al Instituto Nacional de Cáncer (Inca) es de aproximadamente 53.000 nuevos casos al año hasta 2028.
Uno de los principales retos consiste en reconocer las primeras señales. Algunas alteraciones pueden confundirse con problemas intestinales comunes, como las hemorroides o el síndrome del intestino irritable, y esa semejanza puede retrasar la consulta médica. La presencia de sangre en las heces, los cambios frecuentes entre diarrea y estreñimiento, el dolor abdominal y la sensación de no haber vaciado completamente el intestino son síntomas que conviene valorar.
También pueden aparecer pérdida de peso sin motivo aparente, cansancio persistente y anemia. Estos signos no significan por sí solos que exista un cáncer, ya que pueden deberse a distintas causas. Sin embargo, si se mantienen o se repiten, es importante solicitar una evaluación sanitaria, también en el caso de personas jóvenes. La valoración profesional permite determinar si hacen falta pruebas y cuáles son las más adecuadas.
La colonoscopia es uno de los exámenes empleados para investigar el intestino. Durante el procedimiento, el profesional puede observar el revestimiento intestinal y detectar pólipos, pequeñas lesiones que, en determinadas circunstancias, pueden evolucionar a un cáncer. En algunos casos, es posible retirarlos durante la exploración. La indicación y la periodicidad de las pruebas dependen de la situación individual y deben establecerse con profesionales sanitarios.
La alimentación puede estar relacionada con el riesgo de desarrollar cáncer colorrectal, aunque esa asociación no permite concluir cuál fue la causa de la enfermedad en una persona concreta. Entre los hábitos que merecen atención se encuentra el consumo frecuente de carnes procesadas, como salchichas, jamón, beicon, salami y embutidos. La Organización Mundial de la Salud clasifica las carnes procesadas como cancerígenas para los seres humanos; esta clasificación describe la relación con el riesgo y no significa que cada consumo vaya a provocar cáncer.
Las recomendaciones generales también incluyen moderar el consumo de bebidas alcohólicas, alimentos ultraprocesados y carnes muy quemadas. En cambio, legumbres como las alubias y las lentejas, además de avena, frutas, verduras y hortalizas, aportan fibra y pueden formar parte de una alimentación variada. La fibra contribuye al funcionamiento intestinal, aunque ningún alimento por sí solo garantiza la prevención de la enfermedad. La hidratación, la actividad física regular y el control del peso son otros cuidados asociados a una reducción del riesgo.
Quienes reciben un diagnóstico pueden necesitar adaptar su alimentación durante el tratamiento. La cirugía, la quimioterapia y la radioterapia pueden provocar náuseas, diarrea, falta de apetito o pérdida de peso. En esas circunstancias, el seguimiento nutricional permite ajustar las comidas a las necesidades de cada paciente. Entre las medidas que pueden valorarse están distribuir la ingesta en porciones más pequeñas a lo largo del día y asegurar un aporte adecuado de proteínas, con el objetivo de ayudar a prevenir la desnutrición y preservar la masa muscular.


