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Ganador del premio Nobel revela por qué el alma es inmortal. ¡Entiende!

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El físico y matemático británico Roger Penrose, ganador del Premio Nobel de Física de 2020, desarrolló junto al anestesiólogo Stuart Hameroff la hipótesis conocida como Orch-OR, que relaciona la conciencia humana con fenómenos de la mecánica cuántica. Esta propuesta parte de la búsqueda de una explicación al enigma de cómo surge la experiencia consciente a partir de procesos físicos en el organismo.

La mecánica cuántica es la rama de la física que describe el comportamiento de las partículas subatómicas, donde eventos como la superposición —la capacidad de una partícula de existir en varios estados a la vez— o el entrelazamiento —la correlación instantánea entre partículas distantes— desafían la intuición clásica. En su explicación, Penrose y Hameroff sitúan estos fenómenos dentro de estructuras celulares llamadas microtúbulos, que forman parte del citoesqueleto de los neuronas y contribuyen a procesos como el transporte intracelular y la forma celular.

Según la hipótesis Orch-OR, en el interior de esos microtúbulos podrían producirse colapsos cuánticos gravitacionales —un concepto que Penrose introdujo en sus estudios sobre la relación entre la mecánica cuántica y la gravedad—, y esos eventos serían la base física de los momentos de conciencia subjetiva. La teoría sugiere que la coherencia cuántica dentro de los microtúbulos genera breves instantes de experiencia consciente, rechazando en parte modelos exclusivamente clásicos de la mente.

Stuart Hameroff ha defendido además que las “informaciones” cuánticas asociadas a la conciencia no se destruyen automáticamente cuando finalizan los procesos biológicos. En esta interpretación, esas informaciones podrían retornar al entorno o dispersarse en él, planteando la idea de una posible continuidad de la conciencia tras la muerte. De ahí que algunos autores vinculen la hipótesis Orch-OR con la noción de un alma inmortal.

No obstante, es importante subrayar que la propuesta no demuestra ni la existencia de un alma ni la supervivencia de la conciencia después del fallecimiento. Tampoco aporta pruebas en términos de conservación de la materia o la energía que respalden la persistencia de recuerdos, rasgos de personalidad o de cualquier contenido mental tras la muerte. El debate sobre si la conciencia puede perdurar o cuál sería su estado tras el cese de la actividad cerebral queda abierto, sin consenso entre físicos, neurocientíficos y filósofos de la mente.

En el ámbito de la filosofía de la conciencia existe el conocido “problema duro” (hard problem), formulado por el filósofo David Chalmers, que plantea cómo y por qué los procesos físicos del cerebro dan lugar a la experiencia subjetiva. Frente a ello, la mayoría de las teorías cognitivas y neurocientíficas defienden modelos basados en redes neuronales, procesamiento de información y mecanismos clásicos de comunicación sin necesidad de recurrir a fenómenos cuánticos. Entre estas, se encuentran teorías como el espacio global de trabajo, que explica la conciencia como un resultado emergente de la integración de información en distintas áreas cerebrales.

La hipótesis Orch-OR ha generado interés y polémica desde su presentación, convocando tanto a defensores de enfoques cuánticos como críticos que consideran que el cerebro, por su temperatura y ambiente húmedo, no permitiría la coherencia cuántica necesaria. Además, la falta de experimentos concluyentes obliga a mantener el carácter especulativo de la propuesta.

A pesar de las discrepancias, la investigación de Penrose y Hameroff pone de relieve la complejidad del fenómeno consciente y la necesidad de explorar diversas perspectivas. La Academia Real Sueca de Ciencias reconoció con el Premio Nobel de Física 2020 los trabajos de Penrose en relación con los agujeros negros y la gravedad cuántica, lo que dio visibilidad a sus ideas y generó un renovado interés por comprender mejor la relación entre la física fundamental y la biología del cerebro.

En definitiva, la idea de que “el alma es inmortal” no emana de una comprobación empírica, sino de una interpretación particular de procesos cuánticos hipotéticos. El campo de estudio sigue en evolución, y solo mediante futuros avances experimentales y teóricos podrá evaluarse con mayor precisión la viabilidad de la Orch-OR y su alcance en la explicación de la conciencia humana.

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