
Termómetro digital en la cruz de una farmacia marcando 43 °C en plena ola de calor histórica. (Foto: Instagram)
En las últimas semanas, el país ha registrado una ola de calor de intensidad histórica, superando todos los registros previos de temperatura y duración. Los termómetros han alcanzado valores extremos durante jornadas consecutivas, lo que ha obligado a las autoridades sanitarias y a los servicios de emergencia a activar planes de contingencia extraordinarios para hacer frente a esta situación excepcional.
Este fenómeno meteorológico sin igual ha tenido un impacto especialmente grave en la población de mayor edad. Las personas de 75 años o más han sido las principales víctimas de estas altas temperaturas, debido tanto a la mayor vulnerabilidad fisiológica asociada a la edad como a la presencia habitual de enfermedades crónicas. La combinación de calor intenso y factores de salud preexistentes ha elevado el riesgo de sufrir golpes de calor, deshidratación y complicaciones cardiovasculares.
Desde una perspectiva climatológica, las olas de calor se definen como periodos prolongados de calor anómalo que afectan una región determinada. Tradicionalmente, estos episodios eran más previsibles y de menor duración, pero la actual tendencia al calentamiento global está extendiendo su frecuencia y severidad. En las últimas décadas, los registros de temperatura máxima anual se han renovado de forma constante, lo que refuerza la necesidad de adaptar las infraestructuras urbanas y rurales a estos cambios.
En materia de salud pública, existen diversas recomendaciones para reducir el impacto de la ola de calor. Entre ellas figura mantenerse en espacios frescos o climatizados durante las horas centrales del día, utilizar ropa ligera y de colores claros, incrementar el consumo de agua y evitar actividades físicas intensas al aire libre. Para las personas mayores de 75 años, resulta esencial el seguimiento médico regular y la supervisión constante de su estado de hidratación, así como garantizar que disponen de recursos adecuados para hacer frente a las condiciones extremas.
Históricamente, las sociedades han implementado medidas de adaptación para combatir las consecuencias de las altas temperaturas, como la creación de redes de “puntos frescos” o refugios climáticos en zonas urbanas y rurales. Además, los servicios de emergencias han reforzado sus protocolos de actuación para atender de forma rápida y eficiente a quienes presenten síntomas de golpe de calor o deshidratación severa. Estas iniciativas resultan fundamentales para proteger a los colectivos más vulnerables, entre los que destacan las personas de 75 años o más.
El episodio actual pone de manifiesto la urgencia de consolidar planes de acción a largo plazo, que incluyan no solo la respuesta inmediata ante picos de calor sino también estrategias de mitigación del cambio climático. Para minimizar las consecuencias en la población, es esencial reforzar la coordinación entre administraciones, servicios sanitarios y organismos meteorológicos, así como fomentar la concienciación social sobre los riesgos que comportan las olas de calor, especialmente para quienes tienen 75 años o más.


