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Satélite Sentinel-6 revela ondas cálidas en el Pacífico que pueden anunciar El Niño en 2026

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El Océano Pacífico está mostrando señales de que podría influir de nuevo en el clima global durante los próximos meses. Esta alerta se basa en datos procedentes de satélites y centros meteorológicos que rastrean el fenómeno de El Niño, un evento natural capaz de alterar precipitaciones, temperaturas, cosechas, incendios, inundaciones e incluso rutas comerciales en distintas regiones del mundo.

La posibilidad de un El Niño intenso en 2026 ha cobrado relevancia tras las imágenes captadas por la misión Sentinel-6 Michael Freilich, realizada en colaboración con la NASA, la Agencia Espacial Europea y el programa europeo Copernicus. En ellas se aprecian ondas de agua más caliente desplazándose por el Pacífico ecuatorial. Estas corrientes, conocidas como ondas Kelvin cálidas, suelen aparecer antes de la consolidación de un episodio de El Niño.

Para que el fenómeno se confirme de forma plena, resulta necesaria la interacción entre el océano y la atmósfera. Aun así, los indicios actuales bastan para mantener a los meteorólogos en estado de alerta. Según informes de la NOAA, existe una alta probabilidad de que El Niño se forme antes de que concluya 2026 y persista durante el verano del hemisferio sur, en el tránsito entre finales de 2026 y comienzos de 2027.

¿Qué es El Niño?
El Niño sucede cuando las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial, en sus zonas central y oriental, registran temperaturas superiores a lo normal durante un periodo prolongado. Aunque a simple vista pueda parecer una alteración remota, ese calentamiento modifica la circulación de los vientos, cambia la formación de nubes y reorganiza los patrones de lluvia en todo el planeta.

En condiciones habituales, los vientos alisios soplan de este a oeste en la región ecuatorial del Pacífico, empujando las aguas cálidas hacia Asia y Oceanía, mientras que aguas más frías afloran cerca de la costa suramericana. Este mecanismo mantiene un contraste térmico entre ambas vertientes del océano.

Durante un evento de El Niño, esos vientos se debilitan o incluso invierten su dirección, provocando que las corrientes cálidas se desplacen hacia el centro y oriente del Pacífico. La atmósfera reacciona a ese cambio, y el clima global se transforma de manera desigual: en algunas zonas aumenta la pluviosidad, mientras que en otras las lluvias pueden ausentarse durante semanas o meses.

El papel de los satélites
La misión Sentinel-6 Michael Freilich mide con gran precisión la altura de la superficie del mar, un dato esencial porque el agua se expande al calentarse. Así, una región oceánica ligeramente más elevada puede indicar acumulación de masa de agua más tibia. Según la NASA, este satélite cartografía regularmente la superficie oceánica, detectando variaciones mínimas. En el caso de El Niño, dicho monitoreo permite seguir el desplazamiento de las ondas Kelvin cálidas como auténticos corredores de energía térmica que van de occidente a oriente.

Josh Willis, investigador especializado en el nivel del mar y científico principal del proyecto Sentinel-6 Michael Freilich, explica que el inicio del posible evento de 2026 ha sido algo más tardío que grandes El Niños anteriores, como los de 1997 y 2015, pero ya está “empezando a acercarse” a ellos. “Veremos hasta dónde llega”, apunta con cautela.

Ese recelo es fundamental. No toda onda Kelvin cálida desemboca en un El Niño extremo: el océano puede dar la primera señal, pero la atmósfera debe responder. Por ello, los centros climáticos trabajan siempre en términos de probabilidades y no de certezas absolutas.

¿Por qué se habla de “Súper El Niño”?
El apelativo “Súper El Niño” se reserva a aquellos episodios en que el calentamiento del Pacífico alcanza una intensidad muy elevada y provoca consecuencias globales de gran magnitud. El ejemplo más recordado corresponde al suceso de 1997–1998, vinculado a inundaciones, sequías, ciclones, incendios y pérdidas económicas valoradas en miles de millones de euros en diferentes países. Se estima que causó decenas de miles de víctimas y demostró que El Niño no solo es un fenómeno meteorológico, sino un factor capaz de afectar la agricultura, la energía, el abastecimiento de agua, la salud pública y la seguridad alimentaria.

Otro episodio destacado tuvo lugar entre 2015 y 2016, coincidiendo con récords de temperatura global y múltiples eventos extremos alrededor del mundo: sequías intensas en unos lugares y lluvias excepcionales en otros.

Agrava la situación el hecho de que el planeta ya está más cálido por efecto del cambio climático, de modo que un nuevo calentamiento del Pacífico actúa sobre una base térmica elevada. En términos sencillos: el fenómeno natural se manifiesta en un mundo que ya se halla en una situación febril.

Posibles cambios en el clima global
El Niño suele elevar de manera temporal la temperatura media global, pues el Pacífico libera más calor a la atmósfera, altera la circulación del aire y refuerza anomalías térmicas en diversas regiones. Sin embargo, sus impactos no se distribuyen de forma homogénea. Partes de América del Sur pueden experimentar precipitaciones más intensas, mientras que áreas de Asia, África y Oceanía afrontan sequías prolongadas. En algunos lugares crece el riesgo de inundaciones; en otros, de pérdidas agrícolas, incendios forestales y descenso de niveles en embalses.

Además, el fenómeno puede influir sobre la temporada de huracanes: suele reducir la formación de tormentas en el Atlántico al aumentar el cizallamiento del viento, un factor que dificulta la organización de ciclones, y a la vez puede favorecer una actividad superior en ciertas zonas del Pacífico.

En el ámbito económico, sus efectos se extienden en cadena: cosechas reducidas, subida de precios de los alimentos, presión sobre la energía hidroeléctrica, problemas logísticos, daños en infraestructuras y necesidad de respuestas de emergencia. El Niño actúa como catalizador de sistemas ya vulnerables, elevando el riesgo de que situaciones críticas se agraven.

Efectos esperados en Brasil
En Brasil, El Niño tiende a presentar un mapa climático dividido. De acuerdo con el INMET y otras instituciones locales que siguen el fenómeno, las zonas más australes suelen registrar precipitaciones por encima de la media, mientras que la franja norte de las regiones Norte y Nordeste corre mayor riesgo de sequía.

En el sur, sobre todo en Rio Grande do Sul, Santa Catarina y Paraná, El Niño puede favorecer la llegada de frentes fríos más persistentes y episodios de lluvia intensa, elevando la probabilidad de inundaciones, deslizamientos, perjuicios agrícolas y retrasos en la cosecha. En áreas sensibles, un exceso de agua puede convertir ríos y laderas en focos de atención permanente.

Por su parte, en el norte y el nordeste brasileños, la reducción de lluvias puede afectar ríos, embalses, la agricultura familiar, el abastecimiento urbano y aumentar el riesgo de incendios. En la Amazonia, los periodos más secos presionan la navegación interior y agravan la vulnerabilidad de comunidades ribereñas.

En el Centro-Oeste y parte del Sudeste, los efectos son más variables, condicionados por la intensidad del El Niño y la interacción con otros fenómenos, como la temperatura del Atlántico y bloqueos atmosféricos. No obstante, olas de calor, irregularidad en las precipitaciones y alteraciones en el calendario agrícola figuran entre las principales preocupaciones.

Para Brasil, el factor clave será el seguimiento climático regional. Un El Niño fuerte no implica impactos homogéneos en todos los estados; actúa como una gran maquinaria climática, pero cada región siente sus efectos de forma distinta.

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