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Científico afirma que la conciencia es lo único que realmente existe

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Conciencia más allá del cerebro (Foto: Instagram)

La conciencia puede ser uno de los misterios más profundos del universo. No sólo está presente en las grandes cuestiones filosóficas o en los laboratorios de neurociencia, sino también en momentos cotidianos: al contemplar una puesta de sol, sentir el calor en el rostro, escuchar una música emocionante o evocar un viaje de infancia con una vividez casi tangible.

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Durante mucho tiempo, una de las teorías más populares comparó el cerebro con un ordenador. En ese modelo, las neuronas serían el hardware, los impulsos eléctricos los comandos y la conciencia un programa que se ejecuta en la máquina. De acuerdo con esta visión, el cerebro procesa información, cruza recuerdos, interpreta estímulos y, como resultado, emerge la experiencia de estar vivo.

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No obstante, algunos investigadores defienden una idea más audaz: ¿y si la conciencia no fuera generada por el cerebro, sino parte integral de la estructura de la realidad? ¿Y si fuera tan fundamental como la masa, la gravedad o el espacio? Esta hipótesis ha sido explorada por el neurocientífico Christof Koch, investigador emérito del Allen Institute en Seattle, Estados Unidos. Para él, la cuestión central consiste en comprender “si, y en qué medida, todo el mundo físico es una manifestación de algo mental”.

La frase parece sacada de una novela cósmica, pero se encuentra en el núcleo de un debate serio en ciencia y filosofía. Al fin y al cabo, todo lo que una persona conoce del mundo pasa por la experiencia consciente. Ver el mar, sentir frío, disfrutar de una canción, amar a un hijo o admirar una pintura se presenta primero como experiencia subjetiva. Antes de que exista un “mundo” para nosotros, existe la percepción de ese mundo.

El límite de las explicaciones tradicionales

Una de las corrientes más consolidadas sobre la mente es el fisicalismo. Según esta visión, todos los pensamientos, emociones y sensaciones dependen de procesos físicos y neurobiológicos. La alegría, la tristeza, el dolor, el miedo o la belleza serían resultado de la actividad cerebral.

Esta explicación funciona bien para muchos aspectos de la mente. Permite entender cómo el cerebro registra imágenes, reacciona a sonidos, almacena recuerdos o responde a estímulos. Si alguien percibe una puesta de sol, por ejemplo, la luz entra por los ojos, se convierte en señales eléctricas y es procesada por distintas áreas cerebrales.

El problema, según los críticos, es que esta perspectiva no aclara del todo el carácter íntimo de la experiencia. Puede mostrar cómo el cerebro identifica tonos rojo, naranja y violeta en el cielo, pero no por qué aquello resulta bello, nostálgico o conmovedor.

Este es el llamado “problema difícil de la conciencia”: ¿cómo podría algo tan subjetivo como sentir, percibir o experimentar surgir únicamente de materia física?

Para Koch, las teorías basadas sólo en el funcionamiento material del cerebro dejan lagunas importantes. Describen mecanismos, pero no capturan completamente lo que supone estar dentro de una experiencia. Conocer qué neuronas se disparan al escuchar a Beethoven no equivale a explicar por qué esa música resulta hermosa.

Es como poseer el mapa de una ciudad, pero no el olor de la lluvia en el asfalto, el sonido de las ventanas ni la sensación de cruzar una calle familiar. El mapa es real, útil y detallado, pero no es la propia experiencia.

La conciencia como parte de la realidad

Nicco Reggente, director de investigación del Institute for Advanced Consciousness Studies en California, propone una visión similar. Para él, la conciencia es la capacidad de tener experiencia, y esta facultad podría no ser sólo un producto del cerebro, sino un componente básico de la realidad.

Reggente utiliza una comparación sencilla: la mente en funcionamiento sería como una cometa. La cometa representa el cerebro, con su estructura, su material y su forma. Pero la cometa sólo vuela porque existe el viento. En esta analogía, el viento sería la conciencia, algo presente en la realidad con lo que el cerebro interactúa.

También compara el cerebro con una radio. El aparato no crea la emisión de la nada; la capta y transforma, pues la señal ya existe. La diferencia, según él, es que el cerebro no solo recibe ese impulso de forma pasiva, sino que lo moldea y produce la vivencia subjetiva particular de cada persona.

Esta hipótesis invierte el orden habitual de la pregunta. En vez de preguntar cómo la materia produce la mente, cuestiona cómo la mente, entendida como algo fundamental, se organiza para parecer materia.

Si esta perspectiva fuera correcta, la conciencia no sería un accidente surgido en cerebros complejos, sino una característica profunda del universo. El cerebro humano sería una forma altamente sofisticada de acceder a ella, filtrarla y transformarla en experiencia individual.

No significa que piedras, planetas o partículas piensen como seres humanos. La idea es más sutil: sugiere que la capacidad de experimentar podría residir en un nivel básico de la realidad, mientras los cerebros complejos facilitan formas más ricas, organizadas y reconocibles de conciencia.

El problema difícil de la mente

Para Reggente, considerar la conciencia como algo fundamental podría disolver el llamado “problema difícil”. Si la conciencia no necesita surgir de la materia, porque ya es un elemento básico de la realidad, la pregunta se desplaza.

Afirma que no sería necesario explicar cómo la mente emerge de la materia, de la misma forma que un físico no necesita definir la gravedad como algo más sencillo. Algunas propiedades pueden considerarse fundamentales dentro de un modelo.

Este cambio de paradigma podría repercutir en grandes cuestiones de la cosmología. Interrogantes como “¿qué había antes del Big Bang?” o “¿hacia dónde se expande el universo?” resultan aparentemente insolubles porque tal vez partan de categorías inadecuadas. Según Reggente, ciertas preguntas carecen de respuesta no porque el secreto esté oculto, sino por su enfoque limitado.

La propuesta supone casi una inversión de papeles. En lugar de situar la materia como protagonista y la conciencia como un añadido tardío, se integra a la conciencia como parte del escenario básico en que aparece la materia.

Esta idea aún está lejos de ser un consenso. Muchos científicos siguen defendiendo que la conciencia depende enteramente de la actividad cerebral y que con avances suficientes será posible explicar la experiencia subjetiva mediante la neurociencia. Otros opinan que se requieren teorías más amplias, precisamente porque los modelos tradicionales aún no resuelven el aspecto interno de la experiencia.

El debate continúa abierto porque la conciencia es a la vez lo más cercano a cada persona y una de las realidades más difíciles de medir. Es posible registrar actividad cerebral, seguir impulsos eléctricos, observar patrones de sueño, anestesia o coma. Pero la experiencia en sí, lo que alguien siente por dentro, no aparece directamente en un escáner.

Experiencias cercanas a la muerte

La discusión también aborda cuestiones médicas delicadas, como el coma, la parada cardíaca y las experiencias cercanas a la muerte. Según Koch, alrededor del 10 % de los pacientes que sobreviven a una parada cardíaca en un hospital relatan algún tipo de experiencia de casi morir.

Estos testimonios varían, pero muchos describen sensaciones intensas, percepción de paz, encuentros simbólicos o una impresión profunda de conexión con algo absoluto. Koch destaca que, independientemente de la interpretación metafísica, muchas personas regresan transformadas de forma duradera.

El punto para él es que la medicina no siempre está preparada para atender este tipo de relatos. Los médicos suelen formarse para tratar signos vitales, órganos, tejidos y lesiones, pero no siempre reciben entrenamiento para escuchar experiencias subjetivas extremas sin descartarlas a priori.

Reggente, por su parte, hace una distinción relevante. Aunque la conciencia sea fundamental, esto no cambiaría de inmediato el tratamiento clínico. El cerebro seguiría siendo necesario para que la conciencia individual funcione como la conocemos. Si la cometa se rompe, no vuela bien. Si la radio se avería, la señal existe, pero no se recibe igual.

Esta visión mantiene al cerebro como pieza esencial. Las lesiones, los traumas, la anestesia, las enfermedades neurológicas y las alteraciones químicas continúan afectando profundamente la experiencia consciente. La hipótesis no niega la importancia de la biología; solo sugiere que la biología quizá no sea toda la historia.

La idea de una conciencia fundamental aún debe afrontar enormes desafíos. Tendría que generar predicciones comprobables, dialogar con la neurociencia experimental y demostrar en qué se diferencia de explicaciones puramente filosóficas. Aun así, su atractivo radica en plantear una pregunta que se escapa a la ciencia: ¿por qué existe algo que es “sentir” el mundo en lugar de solo procesarlo?

Mientras los investigadores exploran esta frontera, la conciencia permanece como un laboratorio particular dentro de cada persona. El cielo puede explicarse con la física de la luz, el sonido con la vibración del aire, el amor con circuitos cerebrales y hormonas. Pero la experiencia de ver, oír, amar y existir sigue conservando una dimensión que parece mayor que cualquier descripción mecánica.

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