La estadounidense Rosie Ruiz pasó a la historia de la Maratón de Boston en 1980 tras cruzar la línea de meta en primer lugar entre las mujeres, con un tiempo sorprendente de poco más de dos horas y media, muy cerca del récord de la época. Sin embargo, apenas unos días después, las autoridades descubrieron que prácticamente no había corrido la prueba completa.
Ruiz completó los algo más de 42 kilómetros en un tiempo que pareció casi milagroso, pero su aspecto al llegar resultó aún más llamativo. Según numerosos testimonios, apareció en la meta casi sin sudor, con el pelo impecable y sin señales visibles de fatiga o desgaste físico tras haber recorrido toda la distancia reglamentaria. Además, ni atletas ni espectadores recordaban haberla visto a lo largo del trazado.
La Maratón de Boston, fundada en 1897 y considerada la más antigua del mundo, tiene un recorrido oficial de 42,195 metros por carreteras y senderos que cruzan varias poblaciones del estado de Massachusetts. Para poder inscribirse, los corredores deben acreditar tiempos de clasificación en otras maratones certificadas. Rosie Ruiz había presentado un buen registro obtenido en la Maratón de Nueva York unos meses antes, lo que le sirvió para conseguir plaza en Boston.
Las sospechas sobre su triunfo se dispararon cuando varios testigos afirmaron haber visto a Ruiz incorporarse al recorrido sólo en los últimos kilómetros, emergiendo desde la cuneta poco antes de la recta de meta. La organización de la prueba inició entonces una investigación interna y, al confirmarse las irregularidades, decidió retirarle la medalla y desclasificarla como ganadora femenina de la edición de 1980.
La trama se complicó aún más cuando los responsables de la Maratón de Nueva York revisaron el tiempo que Ruiz había utilizado para clasificarse en Boston. Acabaron descubriendo que también había engañado en esa carrera: en lugar de correr la distancia completa, supuestamente había utilizado el metro en buena parte del trayecto. Según varias fuentes de la época, ella misma contó a algunos pasajeros que sólo se subió al tren por una supuesta lesión en el tobillo y que tenía intención de llegar andando hasta la meta para ‘ver el final de la carrera’.
La celebración de aquel polémico resultado generó un intenso debate sobre los controles y sistemas de vigilancia en las competiciones de larga distancia. A raíz de este escándalo, las organizaciones deportivas comenzaron a reforzar la identificación de los atletas, instalar más puntos de cronometraje intermedio y endurecer los protocolos de acreditación.
Por otro lado, la maratonista Kathrine Switzer, pionera femenina en estas pruebas, fue la primera en desconfiar del triunfo de Ruiz. Durante una entrevista posterior a la carrera, Switzer preguntó a Ruiz por sus “series” de entrenamiento —un término habitual en atletismo para referirse a los intervalos de esfuerzo—, y Ruiz respondió literalmente: “¿Series? ¿Qué es eso?”. Esta respuesta dejó patente su desconocimiento de conceptos básicos del deporte.
Investigaciones posteriores revelaron además que, en su inscripción para la Maratón de Nueva York, Ruiz había alegado falsamente padecer un supuesto tumor cerebral terminal para obtener una autorización especial. Años más tarde, en 1982, volvió a verse involucrada en problemas judiciales al ser acusada de malversación de fondos en una empresa inmobiliaria, y en 1983 fue detenida por un presunto delito de tráfico de cocaína.
La historia de Rosie Ruiz se convirtió en un caso paradigmático de fraude en el atletismo y sirvió para que las organizaciones de maratones reforzaran sus medidas de seguridad y control. Desde entonces, cada prueba de larga distancia incluye varios puestos de cronometraje a lo largo del recorrido, cámaras de vídeo y escáneres biométricos, con el objetivo de garantizar la integridad de los resultados.


