¿Te has imaginado necesitar cambiar de género solo para evitar que tu familia pase hambre? Ese fue el recurso adoptado por Noria, una niña de 13 años originaria de la provincia de Helmand, al sur de Afganistán.
Tras la muerte de su padre y frente a las severas restricciones impuestas por los talibanes, la adolescente vio su vida dar un giro radical. Con las mujeres vetadas de ejercer numerosas profesiones en el país, Noria se convirtió en la única esperanza de sustento de la familia. Para poder trabajar sin levantar sospechas, pasó a vivir como un niño.
Durante tres años, Noria desarrolló sus tareas en un café mientras ocultaba su verdadera identidad. El disfraz le permitió garantizar comida y condiciones mínimas de supervivencia para sus seres queridos en medio de la profunda crisis humanitaria que atraviesa Afganistán.
Sin embargo, la situación cambió drásticamente cuando descubrieron su verdadera identidad. La adolescente fue detenida y su caso pronto alcanzó repercusión internacional, subrayando la dura realidad que afrontan las mujeres y las niñas afganas bajo el actual régimen talibán.
El caso de Noria se ha convertido en un símbolo de las medidas extremas a las que muchas familias se ven obligadas a recurrir para sobrevivir. Su historia revela no solo el nivel de pobreza en regiones como Helmand, sino también las graves limitaciones a los derechos fundamentales de las mujeres.
Helmand es una de las provincias más afectadas por la inseguridad y la pobreza en Afganistán. Durante décadas, la zona ha sido escenario de enfrentamientos entre fuerzas gubernamentales, milicias tribales y los talibanes, lo que ha socavado las oportunidades de empleo formal y el acceso a servicios básicos. La agricultura de subsistencia y el cultivo de opio convivían con desplazamientos constantes de población, aumentando la vulnerabilidad de las familias.
Con el retorno de los talibanes al poder en agosto de 2021, se reimplantaron restricciones drásticas: las niñas fueron expulsadas de escuelas secundarias y las mujeres fueron progresivamente vetadas del mercado laboral en sectores públicos y privados. Además, la imposición del burka y la necesidad de un tutor masculino acompañante han limitado aún más la movilidad y la autonomía femenina.
La práctica de disfrazar a las niñas como niños, conocida localmente como “bacha posh”, cuenta con antecedentes culturales en Afganistán. Durante siglos, algunas familias han recurrido a esta costumbre para otorgar a sus hijas las libertades reservadas a los varones, como el acceso a la educación, el trabajo o la participación en espacios públicos. Aunque este fenómeno no es nuevo, la crisis actual lo ha convertido en una vía de supervivencia para muchas menores.
Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y UNICEF, más del 25 % de los niños afganos entre 5 y 14 años realizan algún tipo de trabajo forzado o peligroso. Las niñas, en particular, se enfrentan a doble discriminación: por su edad y por su género. El acceso limitado a la educación y las opciones laborales restringidas agravan los índices de pobreza y desnutrición.
Las agencias humanitarias de la ONU han advertido que Afganistán afronta una emergencia alimentaria sin precedentes en las últimas décadas. Más de 24 millones de personas, es decir, más de la mitad de la población, necesita asistencia urgente para garantizar su subsistencia. En este contexto, historias como la de Noria ponen de manifiesto la cruda realidad de las políticas de género y la marginalización de las mujeres.
El caso de Noria ha generado llamadas de organizaciones internacionales para exigir al régimen talibán el respeto de los derechos humanos y la reapertura de escuelas para niñas. Pero, mientras tanto, centenares de menores continúan viendo en el bacha posh la única salida ante la falta de alternativas. Sólo la eliminación de las restricciones y el restablecimiento de la igualdad de género permitirá a muchísimas niñas afganas vivir sin tener que renunciar a su identidad.


