Hope tenía apenas dos años cuando fue acusado de brujería por su propia familia y abandonado para morir en una aldea del sur de Nigeria. En 2016, la activista danesa Anja Ringgren Lovén atendió un inesperado llamado durante una misión de rescate y dio con el niño en un estado crítico: frágil, desnutrido y cubierto de heridas abiertas. Aquel suceso, que conmovió a miles de internautas cuando se difundió la imagen original, no fue más que el inicio de una historia de coraje, solidaridad y transformación.
En el momento del hallazgo, Anja viajaba con su marido, David, su bebé de pocos meses y varios integrantes de su equipo. Recibieron la información de un desconocido que advertía sobre un menor deambulando solo por las calles, prácticamente desahuciado. A pesar de no contar con un plan previo ni autorización oficial para adentrarse en esa comunidad, Anja tomó la decisión de actuar: “¿Dos años? ¡No puede ser! Tenemos que ir allí”, relató después.
Para no despertar sospechas, el grupo se aproximó a la aldea disfrazado de potenciales compradores de carne de perro seca, una de las pocas viandas disponibles en la región. Desde ese lugar, observaron a un niño que apenas conseguía mantenerse en pie. “Cuando vi a Hope, solo quería abrazarlo, vomitar, llorar, huir… Fue una avalancha de emociones”, confesó Anja. Pese a ello, supo mantener la calma: cualquier gesto de repulsión habría puesto en riesgo la posibilidad de ayudar.
Con la anuencia de un hombre local que los escoltaba, Anja ofreció agua y galletas a Hope. En aquel instante, ella percibió que el niño contaba con apenas unas horas de vida si no intervenían. Contra todo pronóstico, el pequeño, debilitado hasta el límite, se animó a bailar al ritmo de unas palabras de aliento. Fue un acto espontáneo que sorprendió a todos y fortaleció la convicción de la activista de sacarlo de allí.
Cumpliendo su promesa, Anja trasladó a Hope a un hospital regional, donde permaneció ingresado más de tres meses. Su estado inicial obligó a un tratamiento intensivo de rehidratación, cura de heridas y terapia de desarrollo para un menor que llevaba días sin recibir ningún tipo de alimentación adecuada. Durante ese tiempo, el niño prácticamente no habló; su expresión se limitaba a gestos y tímidas sonrisas.
Posteriormente, Hope fue trasladado al orfanato Land of Hope, una institución fundada por Anja y David para brindar hogar, atención médica y educación a menores vulnerables. Allí, el niño aprendió a comunicarse, a confiar en los cuidadores y a reconstruir su infancia. Los primeros logros incluyeron retomar el habla, mejorar enormemente su peso y, sobre todo, recuperar la alegría propia de un niño que ha sobrevivido a la adversidad.
Casi una década después de aquel rescate, Anja celebra los avances de Hope con un mensaje lleno de emoción: “No importa lo que ocurra, ya han pasado nueve años desde que salvamos a Hope. Han sido años de pura alegría conociéndole. Él cambió a todos nosotros y me siento muy afortunada de formar parte de su vida”, declaró recientemente en sus redes sociales.
Detrás de esta historia se esconden realidades complejas: en algunas regiones de Nigeria perviven creencias antiguas que atribuyen a los menores enfermedades, malas cosechas o cualquier infortunio a supuestos pactos con fuerzas sobrenaturales. Las acusaciones de brujería pueden derivar en abandono, abusos o incluso muerte. ONG y organismos internacionales han denunciado estas prácticas y trabajan para concienciar a las comunidades, promulgar leyes de protección infantil y proporcionar recursos que mejoren las condiciones de vida.
El caso de Hope se convirtió en emblema de la lucha contra la superstición y el estigma. A través de campañas de sensibilización, se busca garantizar que ningún niño sea víctima de acusaciones infundadas. Además, organizaciones de derechos humanos presionan a los gobiernos locales para que refuercen la aplicación de normativas acordes con convenciones internacionales sobre la protección de la infancia.
Hoy, Hope es un ejemplo de superación. Sonriente y participativo, asiste a la escuela local y mantiene el contacto con sus rescatadores, a quienes considera parte de su familia. Su testimonio sirve de inspiración para otros menores en situación de riesgo y refuerza la idea de que, con apoyo adecuado, es posible revertir las consecuencias de la más cruel de las supersticiones.


