En la imagen: Alerta sobre radiación de auriculares inalámbricos (Foto: Instagram)
La discusión sobre los campos electromagnéticos generados por actividades humanas, conocidos como CEM (o EMF, por sus siglas en inglés), no es nueva en el ámbito científico. Ya en la década de 1970, el doctor Robert O. Becker, cirujano ortopédico de Estados Unidos e investigador en electrofisiología, expresó serias preocupaciones acerca de estas áreas invisibles de energía producidas por la electricidad.
Becker participó en estudios biológicos de la Marina de los Estados Unidos que evaluaban sistemas de comunicación para submarinos basados en ondas de frecuencia extremadamente baja, denominadas ondas ELF (Extremely Low Frequency). Hoy en día, esas frecuencias se emplean en numerosas tecnologías del día a día, como algunos sistemas de seguridad, redes de transmisión de energía y determinados equipos de comunicación industrial.
Durante su intervención en el programa 60 Minutes, Becker compartió datos alarmantes obtenidos en experimentos de laboratorio. Observó que los animales expuestos a estas ondas presentaban un crecimiento más lento y mostraban indicadores de estrés biológico. En pruebas con humanos, los voluntarios registraron un aumento de los niveles de lípidos en sangre, un factor de riesgo inicial para enfermedades cardiovasculares. Cuando se le preguntó si esos campos electromagnéticos podrían provocar accidentes cerebrovasculares o problemas del corazón, el médico respondió rotundamente “sí”. Estas afirmaciones generaron gran polémica y, según se relata, contribuyeron al fin de su carrera institucional tras actuar como denunciante.
Riesgos biológicos de la tecnología inalámbrica
En la actualidad, el neurocirujano Jack Kruse ha retomado el legado de Becker, a quien considera su mentor. Kruse emplea la expresión EMF “no nativos” para referirse a la radiación emitida por dispositivos inalámbricos, pantallas de luz azul, lámparas fluorescentes y hornos microondas domésticos. En una entrevista reciente para el podcast de Danny Jones, Kruse afirmó sin matices que “toda esta porquería tiene efectos biológicos”. Criticó con dureza el uso de equipos que se colocan directamente en los oídos.
Según Kruse, el uso de auriculares Bluetooth supone un riesgo para la salud biológica. Advirtió que incluso los auriculares con cable podrían no ser la solución ideal, ya que, según él, se produciría una “conducción de salto” directamente al oído. El especialista sostiene que la proximidad de estos emisores al cerebro modifica el funcionamiento celular de formas que la mayoría de los usuarios desconoce.
El debate entre científicos internacionales
La preocupación por los efectos de los campos electromagnéticos cuenta con el respaldo de varios académicos en todo el mundo. En 2015, un llamamiento firmado por 247 científicos de 42 países alertó sobre los riesgos asociados a la exposición frecuente a estas radiaciones. El documento señalaba que la exposición continua a CEM podría incrementar las probabilidades de desarrollar cáncer, provocar daños genéticos, trastornos neurológicos, déficits de aprendizaje y memoria, así como problemas reproductivos.
Este grupo de investigadores solicitó formalmente que la Organización Mundial de la Salud (OMS) implantara regulaciones más estrictas sobre la exposición a dispositivos inalámbricos. Argumentan que las normativas actuales se centran en el calentamiento de los tejidos y no tienen en cuenta los posibles efectos biológicos a largo plazo.
Perspectivas divergentes sobre radiación
A pesar de estos avisos, otros profesionales de la salud adoptan una postura menos alarmista. El doctor Adam Kaufman, especialista en otorrinolaringología, explicó que las radiaciones no ionizantes —como las que emiten los teléfonos móviles y el Bluetooth— difieren de los rayos X en que no tienen suficiente energía para dañar el ADN de forma directa. Kaufman destacó que, aunque los auriculares inalámbricos son relativamente nuevos, los teléfonos móviles llevan décadas en uso con niveles de radiación mayores y no existe evidencia concluyente que los vincule al cáncer.
Por su parte, Joel M. Moskowitz, director del Centro de Salud Familiar y Comunitaria de la Universidad de California, recomienda una estrategia de precaución: aconseja mantener el teléfono al menos 25 centímetros del rostro. En la misma línea, el neuro-oncólogo Santosh Kesari sugiere usar el manos libres siempre que sea posible y evitar el uso prolongado de auriculares inalámbricos. El debate permanece dividido entre quienes alertan de un peligro inmediato por la proximidad de los aparatos y quienes confían en la baja potencia de este tipo de tecnologías.
Contexto técnico y regulatorio
Los campos electromagnéticos cubren un amplio espectro de frecuencias. Desde las ondas ELF, inferiores a 300 hertzios, hasta las microondas o frecuencias de radio, que pueden llegar a gigahercios. Organismos como la Comisión Internacional de Protección Radiológica (ICRP) o la Comisión Internacional de Protección contra Radiaciones No Ionizantes (ICNIRP) han establecido límites de exposición para proteger la salud pública. La mayoría de los dispositivos de consumo permiten cumplir estos parámetros, centrados en evitar el calentamiento excesivo de los tejidos. Sin embargo, existe un creciente interés por investigar posibles efectos no térmicos —cambios celulares o moleculares— que aún no están plenamente comprendidos.
A medida que la tecnología inalámbrica se expande y se incorporan nuevas bandas de frecuencia en redes de comunicación (por ejemplo, las redes 5G), la comunidad científica reitera la necesidad de realizar estudios a largo plazo. Solo a través de investigaciones rigurosas y revisiones periódicas de los estándares internacionales se podrá determinar con mayor certeza el impacto de los campos electromagnéticos en la salud humana.


