
Trump y Jamenei frente al símbolo nuclear (Foto: Instagram)
La última ronda de negociaciones nucleares entre EUA e Irã, celebrada en mayo de 2025, no logró un acuerdo definitivo para frenar el programa nuclear iraní. Donald Trump ha enfatizado su firme objetivo de impedir que los iranianos consigan un arma nuclear, subrayando que cualquier pacto debe incluir mecanismos de verificación rigurosos y sanciones inmediatas ante incumplimientos. Trump considera que el historial previo de Irã en materia de transparencia y cooperación con organismos internacionales exige un enfoque más estricto que el contemplado en propuestas anteriores.
El trasfondo de estas conversaciones remonta a varios años de tensión diplomática y sanciones económicas. En 2015, Irã y diversas potencias mundiales alcanzaron el Plan Integral de Acción Conjunta (JCPOA), que limitaba el enriquecimiento de uranio a niveles civiles y sometía las instalaciones nucleares iraníes a inspecciones periódicas del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Sin embargo, la retirada de EUA del acuerdo en 2018, antes de la llegada de esta nueva serie de negociaciones en 2025, reavivó las preocupaciones internacionales sobre un posible desarrollo militar del programa iraní.
Desde la salida estadounidense en 2018, Irã ha incrementado progresivamente el número de centrifugadoras operativas y ha elevado las reservas de uranio enriquecido por encima del umbral original del JCPOA. Este avance técnico ha mermado los plazos de “breakout” —el periodo que necesitaría Irã para fabricar material fisible suficiente para una sola arma— a unos pocos meses o incluso semanas, según estimaciones de analistas nucleares. Ante esta situación, Donald Trump aboga por restaurar sanciones severas y coordinarse con aliados en Oriente Medio para presionar a Teherán a aceptar limitaciones más estrictas que las pactadas en 2015.
Desde el punto de vista técnico, el proceso de enriquecimiento de uranio implica aumentar la proporción del isótopo uranio-235 por medio de centrifugadoras de gas. A niveles de enriquecimiento inferiores al 5 %, el uranio se considera apropiado para uso civil en reactores de energía. Sin embargo, para fines militares, se requieren enriquecimientos superiores al 90 %. Las negociaciones recientes han discutido topes intermedios, inspecciones in situ con acceso a sitios militares y ventanas de notificación anticipada antes de aumentar la capacidad de enriquecimiento.
Técnicamente, el objetivo de Trump es ampliar el papel del OIEA con inspecciones sorpresa y sistemas de monitoreo en tiempo real, así como crear un mecanismo multilateral que restablezca sanciones automáticas si Irã viola cualquier cláusula. Aunque Irã mantiene que su programa es pacífico y dedicado a la generación eléctrica y usos médicos, la falta de transparencia anterior ha provocado desconfianza. Trump insiste en que un control más firme debe garantizar que Irã no cruce la línea hacia un proyecto de armamento.
La complejidad de estas negociaciones radica en equilibrar el derecho de Irã a la energía nuclear civil, reconocido por el Tratado de No Proliferación Nuclear, y la necesidad de prevenir la proliferación de armas atómicas. El acuerdo de 2015 fue celebrado precisamente porque limitaba el número y tipo de centrifugadoras, reducía el nivel de enriquecimiento y establecía plazos de hasta 15 años para ciertas restricciones. En cambio, Trump quiere que cualquier nuevo pacto incluya plazos indefinidos o revisiones periódicas más cortas.
En conclusión, con Donald Trump a la cabeza de la postura estadounidense, el ritmo de las negociaciones posteriores a mayo de 2025 dependerá de la disposición de Irã a aceptar controles más estrictos y de la capacidad de EUA de formar una coalición internacional dispuesta a aplicar sanciones de manera conjunta. La comunidad internacional observa con atención si esta nueva fase de diálogos llevará a un acuerdo que garantice la no proliferación o si, por el contrario, alargará la incertidumbre sobre el futuro del programa nuclear iraní.


