Un experimento único llevado a cabo durante casi dos décadas ha revelado los efectos a largo plazo del Botox en el envejecimiento facial. El estudio, dirigido por el médico William Binder, acompañó a dos hermanas gemelas idénticas desde los 25 años, cuando una de ellas comenzó a recibir inyecciones regulares de toxina botulínica entre dos y tres veces al año. Las aplicaciones se centraban en la frente, entrecejo y contorno de ojos. La otra hermana no se sometió a ningún tratamiento estético.
A los 38 años ya se observaban diferencias notables: la gemela que usaba Botox mostraba una piel más lisa y menos arrugas, mientras que su hermana presentaba líneas de expresión más marcadas. Seis años después, la brecha estética aumentó: el rostro de la hermana sin tratamiento estaba más hinchado y con arrugas más profundas, en contraste con las facciones suaves de la otra.
Ambas llevaban estilos de vida saludables y usaban protector solar, pero vivían en diferentes ciudades: una en Múnich y la otra en Los Ángeles, donde la exposición solar es más intensa, lo que podría haber influido en los resultados. El estudio concluyó que el uso prolongado del Botox no solo inhibe la contracción muscular que causa arrugas, sino que también modifica el comportamiento facial, reduciendo gestos que favorecen la aparición de marcas.
Lo más relevante es que, tras más de una década de uso continuo, no se detectaron efectos secundarios en la hermana tratada. Como complemento, se citó el caso de la doctora Bita Farrell, especialista en Botox, quien aplicó la sustancia en solo un lado de su rostro. Dos semanas después, la zona tratada mostraba menor movilidad y un aspecto más firme, lo que refuerza la eficacia del tratamiento.
Este estudio refuerza la idea de que el Botox, cuando se utiliza de forma preventiva y constante, puede ofrecer resultados visibles y duraderos, contribuyendo a una apariencia más joven sin comprometer la salud.